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Redemption

Mister Proper ahora se llama Don Limpio

Mister Proper ahora se llama Don Limpio Cuando aprobé el COU estábamos en el siglo pasado, eran buenos tiempos, o quizá no tan buenos. Tenía que acabar el COU como fuera y en mi anterior instituto pintaban bastos: un 99% de aprobados en la primera tanda de Selectividad gracias a una brutal criba que sólo unos escogidos podían pasar. Sin embargo la situación en el nuevo instituto era bien diferente; me pasaba las tardes con los amiguetes en las recreativas y luego acudía a un par de clases que no tenían ningún misterio; incluso en Literatura el profesor se pasaba de rosca y no hacía más que hablarnos de películas, música y de lo mal que estaba la enseñanza. Así nos fue a la mayoría, que suspendimos el examen de Literatura de Selectividad con notas por debajo del 2.

Pero en fin, el caso es que finalmente aprobé el puñetero curso; algunas asignaturas cayeron por inercia como Lenguaje o Historia, otras a base de sendas chuletas tamaño folio puestas directamente encima de la mesa (con un par), otras porque se me daban bien espontáneamente como latín (aún recuerdo que siendo el único alumno de esa asignatura el profesor se piraba a la cafetería en medio del examen dejándome en su despacho rodeado de libros y apuntes mientras cerraba la puerta diciendo "no copies mucho"; no me hacía falta, se me daban bien las traducciones) y también me gané el aprobado en alguna como en Filosofía, que me era esquiva desde hace años, si bien creo que suspendí el examen pero me la aprobaron por eso de que sería la única que me quedaría. Nunca pedí ver el examen, ni falta que hacía. Había aprobado el COU.

Nos habíamos juntado un grupo de gente majillo: el Mediavilla que era segurata y un gran tipo, el Fernando que era un guaperillas con el que te partías de risa, el Óscar y otro tipo cuyo nombre no recuerdo que eran amigos a su vez de un viejo camarada de clase: Víctor, alias El Hardcoriano; un maquinero con el que hice camarilla y me descojonaba en clase. Aún conservo gratas anécdotas de aquellos tiempos duros en los que me empezaba a abrir camino por enésima vez en un sitio nuevo, gente nueva... "Ya me ha dicho el Víctor que eres un cabronazo de cuidado", me dijo un día Óscar; "hasta te pareces al Santiago Segura". "Será en el cagar", le contesté yo.

El caso es que no todos aprobamos el COU. Óscar había suspendido inglés, aunque lo aprobaría en septiembre y el otro amiguete hacía mucho que había dejado de ir a clase por no recuerdo qué asuntos de trabajo. De todos modos quedamos todos en plan apuesta idiota en ir a la Sala X de la avenida San José para celebrarlo. Sólo acudimos Mediavilla, Fernando y yo, los otros se rajaron con excusas más que dudosas.

Recuerdo que era una preciosa tarde de Junio, un viernes sobre las cinco de la tarde y no había ni dios por la calle; nada más encontrarnos el Fernando ya se empezó a partir el ojal de la risa. Nos colamos por la galería que daba acceso a la sala y cada uno pidió su entrada a la vieja que estaba en la taquilla; nuestra intención era ir a ver una película de esas cuyo simple título te hace descojonarte; algo como: "El regreso de Netrator", "Sandy se come toda la nata" o "Party de latex". Pero la peli que echaban se llamaba "Mujeres bisexuales", que apestaba a rollo americano lleno de lésbicos interminables y aburridos. De todas maneras una apuesta es una apuesta y abrimos la primera de las puertas.

Era un cine a la antigua, con dobles puertas rojas coronadas por un ojo de buey y amplias cortinas de felpa. Yo entré el primero y las bisagras de la puerta sonaban como las del castillo del conde Drácula en las pelis de la Troma, perfecto para pasar desapercibido, vamos, más aún si ya ha empezado la película. Lo que ví al abrir la segunda puerta y apartar la cortina me dejó helado; no se veía una puta mierda: la imagen de la pantalla estaba como difuminada a propósito; apenas se podían leer los subtítulos de la película que por cierto tenía el volumen al mínimo. el resto de la sala estaba inmerso en la oscuridad más acojonante en la que me haya encontrado. Negro como boca de lobo; no se veía nada, ni el tamaño de la sala, ni las filas, ni gente, ni nada... para poder ver algo saqué el mechero, ya que Fernando y Mediavilla tropezaban entre sí detrás mío, y lo encendí. Sólo se veía la llama; ni tan siquiera veía mi propio pulgar. Ese maldito sitio debía pertenecer a otra dimensión porque absorvía la luz.

Ya no era la sensación de ridículo por estar perpetrando una bizarrada como la que teníamos entre manos, ahora la cuestión era cómo encontrar un asiento sin tropezarse con nadie que estuviese haciendo vaya usted a saber qué. Fernando le echó huevos al asunto y me adelantó con los brazos hacia delante andando como Frankenstein hasta que consiguió dar con los asientos que apenas estaba un par de metros delante nuestro. Yo fui tras él y me senté en el primer asiento mientras Fernando estaba distraído guiando a Mediavilla a través de esos dos siniestros metros. Instintívamente Fernando pasó delante mío y se sentó varios asientos más hacia el centro; Mediavilla se decantó por la fila de adelante, justo delante mío. Empezamos a descojonarnos de la risa tapándonos la boca para no delatar nuestra posición al resto de la sala, si es que había alguien más. Estuvimos riéndonos y emitiendo bufidos contenidos de carcajadas durante unos 20 minutos, tiempo tras el cual nuestros ojos se habituaron a la oscuridad y comenzó nuestro psicodélico viaje particular. Sólo aguantamos diez minutos más hasta que Fernando dijo que saliéramos.

Salimos descojonándonos a risotada limpia y pasamos a relatar cada uno nuestra alucinógena versión de la experiencia:

Fernando no tuvo mucha suerte; se sentó a unas butacas de distancia de un viejo que según pasaban los minutos se le iba acercando cambiando de asiento, hasta que le tuvo a una butaca de distancia, que es cuando Fernando huyó; se pasó los últimos minutos acojonado. Ya me extrañaba que el más "risas" de los tres fuera el primero en guardar silencio en la sala.

Mediavilla oía jadeos extraños de las filas más bajas y en una ocasión hasta escuchó el inimitable sonido de una cremallera bajándose. Aparte de eso fue el que más caso hizo a la peli y se acordaba de algunas frases de los subtítulos que luego nos contaría con regocijo.

Lo mío fue más pasado de ácido. Cuando empecé a acostumbrarme a la luz oí las jodidas bisagras de la puerta y me quedé mirando un rato a ver si veía traspasar las cortinas a alguien, pero no apareció nadie. Después mi atención volvió al frente y ya me había acostumbrado por completo a la luminosidad: ¡La sala era enorme! Y estaba bastante llena de gente, casi media entrada, increíble para el sepulcral silencio que imperaba allí, "aquí sí que no tiene cojones nadie de comer palomitas ni de abrir bolsitas de celofán", pensé. Justo antes de irnos ví con total claridad a una especie de maquinero de barrio con su chandal y su gorra medio escondido detrás de las cortinas (sin dudad era el que había hecho sonar las puñeteras bisagras), en otra de las puertas también había gente escondida. Asimismo me fijé en que un viejo calvo no paraba de dar vueltas alrededor de la sala; se sentaba en las filas más bajas, se levantaba, se colocaba en una esquina a ver la peli, caminaba un poco y volvía a sentarse en filas aleatorias repitiendo la operación de un modo compulsivo.

Recordábamos estas y otras chorradas tomándonos algo en un bar hasta que nos separamos. Después de eso los tres fuimos a la Selectividad y aprobamos de primeras. Hace muchos años que no les veo; una pena, eran buenos camaradas.

2 comentarios

El Yayo -

Pues nunca lo había pensado; estaba más preocupado de no sentarme encima de alguien, con las connotaciones que eso lleva.

Somófrates -

Hay que ser valiente para sentarse a oscuras en una de esas butacas y sin poner algo debajo...