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Redemption

La prisión de la conciencia

La prisión de la conciencia Hoy me he pesado; peso 62 kilos. Hace menos de un año pesaba unos 20 kilos más. Mis padres no se han apercibido mucho con el cambio, o al menos no me insisten demasiado al respecto; eso sí, hay gente que me ha visto y me ha confesado que se ha quedado asustada como si hubiera visto un cadáver, incluso en la oficina y eso que ya me conocían bastante delgado. Tampoco mis padres me pueden controlar desde la distancia, menos aún si no hablo con ellos ni con nadie entre semana y no estoy por la labor de darles la brasa; cuando estuve de baja por desidratación tardaron 4 días en enterarse, no quería chafarles las vacaciones, pero una vez más lo logré. Parece que haga lo que haga siempre hay alguien a quien le molesta o le preocupa; incluso mi madre me ha llegado a suplicar hace un par de lunes a las 6 de la mañana que no viniera a Soria, pero tenía que hacerlo. No me puedo permitir dejar el trabajo, aunque lo deteste es lo único que tengo.

La última vez, hace ya mucho tiempo, que hablé con una mujer adulta, probablemente la persona a la que más admiro y respeto, me dijo que cuando uno está jodido lo que tiene que hacer es sorberse los mocos, aguantar, guardárselo dentro y seguir adelante. Me parece una lección terriblemente cruel. La gente que se guarda todo dentro es la que acaba poniéndose tibia de barbitúricos o atrincherándose en el Eroski con una escopeta de caza. Llegado cierto momento notas un chasquido en tu cabeza que te dice que acabes con todo, con la doble intención de aniquilar aquello que no te deja dormir por las noches y de llamar la atención a lo grande, de concentrar todas las miradas hacia tu lápida. Es una sensación horrible, pero como todas las sensaciones es muy difícil de evitar; y más aún si decides guardártelas dentro. Cuando no aguantas más lo expresas; el problema es que cuando le transmites esa sensación a las dos únicas personas que de verdad puedes decir que quieres, las únicas cuya voz te alivia, te encuentras con que les importa bien poco lo que hagas; y si haces algo, que sea sin salpicar y en silencio. Y te lo mereces porque no te has portado de un modo estupendo con ellas precisamente. Acabas tan hundido por la respuesta que ya sólo oyes las voces de la gente que te odia diciéndote que te mates y no escuchas a los que te dicen que sobrevivas. De personas ajenas a ese círculo de dos o tres personas sólo tienes oídos para lo malo. No se puede evitar, no estando destrozado y con la sensación de merecerlo. Incluso pasado el tiempo ni siquiera sabes si a esas personas a las que has hecho tanto daño las has pedido perdón; y te mueres por hacerlo, por hacer todo lo que esté en tu mano por pagar la deuda, aunque no te atreves por miedo a una respuesta cargada de ira o a no poder cumplir el pago si te piden que las olvides o que las odies. No puedes, y lo has intentado con creces; hasta quedarte sin fuerzas. Siempre acabas preguntándote qué tal estarán, cómo les van las cosas, si han visto tal película... y las preguntas chocan contra el silencio de una habitación vacía.

No dudo que haya gente que esté preocupada, pero sólo dos personas lo han demostrado haciéndomelo saber y ofreciéndome ayuda, aunque ninguna de las dos ha conseguido gran cosa; lo siento mucho por su esfuerzo que no sé como compensar, pero no funciona. En su día bastaba con un minuto de la luz que emanaba de una persona para poder con todo, una luz a la que miras como quien está ante un dios que es pura vida y te llega y te llena incluso desde miles de kilómetros; pero esa luz se convierte en una droga de la que siempre quieres más y más dándote cuenta de ello cuando es tarde para reaccionar y controlarse, hasta que un día acabas alejándola de ti y apagándose, y si no tienes la fortuna de encontrar otra luz muy rápidamente te marchitas, de un modo bastante literal.
Esas personas que te muestran verdadero interés generalmente te ofrecen soluciones rebuscadas y complejas, cuando igual lo único que necesitas es a alguien en concreto, una persona única que te mire a los ojos cogiéndote de la cabeza con ambas manos pegando su frente a la tuya y oir de ella un “en pie, joder; hazlo por mí y hazlo ahora”. Pero ya no conozco a nadie así. También están los que se preocupan hacia dentro, sin hablarme o mostrando su interés en momentos en los que ellos necesitan ayuda o hablar con alguien; lo increible es que mis consejos sí parecen más o menos servirles incluso con problemas y traumas personales mucho más profundos y enrevesados que los míos, pero no me sirven a mí. Aún recuerdo cuando alguien me pidió con urgencia hablar conmigo, que necesitaba hablar con alguien a quien le importase, que yo era esa única persona. Algo que haría un millón de veces sin dudarlo y sin ser ese único salvavidas. Luego pasa el tiempo y te encuentras con que necesitas que te devuelvan esa llamada; y nunca llega y en caso de llegar viene en forma de hombros que se encogen y gestos de negación con la cabeza, "ya no te necesito, así que desaparece" con la obligación de reponerte de inmediato del hachazo bajo pena de odio eterno y la lacra de ser un insensible por gritar de agonía pidiendo ayuda. Porque has conseguido no importarle a pulso, porque estás obsoleto, porque se lava las manos, porque piensa que ya se encargará otro de llamar o si no da igual, porque te odia, porque su vida está más o menos emocionalmente estable y ya no recuerda sus propias lágrimas al pedir perdón o ayuda. Quizá. Todas esas cosas también se las he hecho a otros, pero me niego a volver a hacerlas. Tampoco creo que pudiera, no sin echarme atrás con el tiempo aunque sea tarde.

Aun recuerdo lo que era estar al otro lado, feliz y normal, y escuchar llantos pidiendo perdón o una segunda oportunidad y mirar hacia abajo y decir “no”, o “estás desquiciada, no es para tanto”, o “ya deberías haberlo olvidado, ha pasado mucho tiempo”. Luego te llega el turno y ves que es para tanto y más. Es algo que sólo ves cuando te pasa a tí y todo está perdido.
Desearías no tener conciencia, pero la tienes, tanta que no te deja encontrar una salida. A veces tienes la suerte de encontrarla, pero se te cierra de un portazo en plena cara dejándote en el suelo sangrando por la nariz cuando más felices te las veías, dejándote incluso peor que antes. Hay gente a la que le pasa y a mí me ha pasado, estuve tan cerca de cruzar esa puerta... tan cerca de salir del pozo y volver a ser esa especie de presencia carismática que movía grupos, que estaba lleno de planes para pasar un buen rato, de soltar tonterías porque sí, de ser divertido y fiestero, de hacer lo que fuera por borrar las lágrimas o paliar la enfermedad de esa persona tan querida que padecía una tortura, de ser comprensivo y cerrar con una sonrisa las cosas que no salían como yo quería. De ser en definitiva el que fui y al que echo tanto de menos. Si supiera en qué cuneta quedó el cadáver iría a buscarlo, pero no lo sé.
Toda la vida he estado cargando con objetivos ajenos: “vas a estudiar esto, vas a trabajar en esto, vas a ir a tal sitio”, que he comenzado para no defraudar tantas expectativas, pero que nunca he acabado. Después de mucho tiempo encontré mis propio objetivos, en los que puse mi misma vida, pero acabaron como acabaron.

No bebo nada de agua, desde que estoy en Soria no pasaré de un litro a la semana como mucho; el agua aquí es asquerosa y como no tengo sensación de sed no me urge la necesidad de beber ni siquiera agua embotellada. La mera acción de beber me produce repugnancia, fue bebido como espanté a las dos personas más importantes de mi vida, supongo que será por eso, una movida parecida a la que sentía Alex en La Naranja Mecánica. Ahora mismo llevo dos días sin comer, no tengo nada de hambre y cuando intento comer algo me sacio con un par de bocados, como si estuviera lleno.
Aunque bromee con ello no me despierto cada mañana pensando “qué bien, hoy estaré aún peor que ayer”, ni mucho menos. Estoy cansado del sufrimiento, muy cansado. Pero a la hora de encontrar algo por lo que luchar y sonreir me encuentro con que sólo tengo mi imagen ante el espejo; la imagen de ese tío escuálido que tan mal me cae y me ha puteado hasta enterrarme. No hay nada más, nadie más, ni tan siquiera “esas pequeñas cosas”. A trabajar, vuelta a casa a mirar el techo y así día tras día. Nada llena el inmenso vacío con el que me quedé; en ese aspecto creo que soy bastante extremo, por un lado soy capaz de dar mi vida por alguien y por el otro puedo ser plenamente feliz recibiendo una simple sonrisa, pero cuando lo que hago por esa persona se frustra o cuando no recibo la sonrisa me convierto en un torbellino de anhelos y emociones enfrentadas. Ojalá me sirviese cualquier cosa, pero sólo funcionan cosas muy específicas que he perdido y son irrecuperables. Puta sensibilidad maniacodepresiva que me lleva jodiendo toda la vida; me doy cuenta ahora que ya da igual saberlo para poder controlarlo y actuar de un modo menos egoista y más racional. Como siempre tarde.

Lo único que logra hacerme sonreir en mi interior es una compañera de oficina; apenas he cruzado un par de palabras con ella pero es encantadora y me alegra aunque sólo sean unos instantes. Lo típico: una belleza estilizada más que voluptuosa, de voz, mirada y risa dulces y un impecable estilo en la ropa, la manera de andar, el peinado, etc... Muy, muy bonita y agradable. La octava mujer por orden (haciendo memoria... J., R., I., D., A., R., LM. y R.; están todas) que me ha impactado por una razón u otra y haya tenido delante de mis narices; lo cual tampoco quiere decir nada porque si hago una criba de las que de verdad me han interesado o me haya visto con posibilidades bien de salir, bien de que podría funcionar en caso de empezar algo la lista se reduce a un par. Tras casi 27 años sólo ocho personas, y de ellas quizá la mitad para luchar y creer en algo. Es practicamente imposible; soy demasiado exigente conmigo y con esas "cosas específicas". En esta última se cumple la premisa de que es demasiado para mí en varios aspectos, dudo que tengamos nada en común y tampoco quiero intimar mucho con nadie ya que destrozo cuanto toco; ya hace meses que me conformo con molestar lo mínimo posible, aunque nunca lo consigo. Tampoco creo que nadie en su sano juicio estuviera por la labor de empezar algo con alguien como el menda con la que llevo encima y mi pasado.
He estado en situaciones ambiantales mucho peores y cambios drásticos de 180 grados de un día para otro y sin aviso previo, pero tenía alguien en quien pensar, a quien dar mi alegría y mi agradecimiento por su sonrisa. Meses mirando una pared en blanco se volvían el Paraíso por el mero hecho de saber que ahí, en alguna parte, había una persona maravillosa deseando sentarse a tu lado y hablar de todo y de nada al mismo tiempo. Sin esas personas únicas no soy nada.

Las horas pasan entre arrebatos de euforia desmadrada por encontrar en el suelo una moneda de cincuenta céntimos y brutales descensos a los infiernos del recuerdo y la culpa. Estoy sólo en la oficina, paso de ir a casa a comer así que mejor voy acabando el relato de terror (por hacer algo) que concluye de forma inesperada y tal. Todo lo que me rodea y yo mismo somos un delirante sinsentido.
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