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Redemption

El estertor (Terrores nocturnos I)

El estertor (Terrores nocturnos I) Duermo. Y sueño. Y sueño que estoy de pie en una pradera de hierba seca que cruje al rozar mis rodillas. Hay algo que se mueve a mi alrededor agitando grupos ovalados de briznas. Son ovejas; ovejas jugosas de blanca lana con los dientes verdes por la continua masticación del pasto.

Me cubro la vista con la mano y mirando hacia el sol vislumbro una sombra de pelaje azabache que se dirige hacia mí a toda velocidad; chocando, pisando y empujando cada oveja que se cruza en su carrera. Cuando veo que es un lobo de boca espumeante y ojos rojos apenas me da tiempo a recular dos pasos hacia atrás antes de que de una dentellada casi fallida rasgue el aire y mi tripa. Mis entrañas quedan al descubierto y caigo al suelo de espaldas.
La fiera vuelve al ataque, esta vez centrado en mi cuello, pero logro aferrar el suyo con la adrenalina fluyendo vigorosa e incontroladamente y detengo el mordisco letal.

- ¡Hijo de puta! - le digo escupiendo saliva, sudor y sangre.- Tienes ovejas a tu alrededor como para saciar a toda tu maldita especie. ¿Por qué me atacas a mí?

- ¿Por qué el pastor mata al lobo? - me responde.

- ¿Cómo? - pregunto yo a mi vez - ¿Acaso no matas tú su ganado? ¿Su sustento?

- Sí; y sin embargo también el granizo destruye la cosecha y no por ello matas a la nube. También el fuego quema los campos y no por ello dejas de avivarlo para calentarte. Las palomas ensucian tu casa y te contagian enfermedades y aún así lo sigues usando como símbolo de paz.

En un furioso intento de no ser devorado arranco con mi mano izquierda sus orejas a base de sendos tirones y hundo los dedos en sus ojos hasta que sus globos oculares resbalan viscosos entre sus propias mandíbulas.

- ¡Estúpido! - aúlla entre el dolor y la risa - ¿Crees que si tú no tuvieras ojos ni orejas dejarías de resultarme apetitoso? ¿Qué te hace pensar que por la misma razón vaya a dejar de tener hambre? No ha habido día en mi vida que no haya tenido que huir de cazadores intentando darme muerte. Es irónico que a pesar de todo eso seas tú la primera oveja que como.

Suelto su cuello, pues mi pata ya no tiene dedos con los que agarrar.
Sus colmillos se abren camino entre los rizos de mi lana y me perforan el cuello.

Despierto en un charco de sudor y vómito.
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