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Redemption

Un regalo

Han pasado casi dos años desde que te hice aquel primer regalo: Maus. Eran casi las 4 de la tarde, había un sol generoso y lo llevaba envuelto en papel de regalo de Taj Mahal, bajo el asiento del copiloto. Comimos, cantamos "Senzafine" a dúo y decías qué ojines. Cenamos en el London unos bocadillos a las 11 de la noche y fuimos al "Tibet" (apenas dos semanas antes "Carpe Diem") donde me diste a probar el vodka con tónica por primera vez. Hablamos y hablamos: de libros, de música, de proyectos. Salimos a la calle y nos sentamos en el bordillo de la acera, dentro de la ciudad universitaria, frente a un lateral de la Facultad de Ciencias. Hacía frío, como ya te había advertido por la tarde, así que te dejé mi cazadora. Cantaste el estribillo de "Ay, pena, penita, pena" y me hablaste de una obra de teatro hace mucho tiempo, una en la que os lo habíais currado de lo lindo y los mayores no os hacían caso por el puñetero fútbol.

Después de todo este tiempo, de todo lo que ha pasado... Gracias.

Con toda mi gratitud, amor y arrepentimiento; con todas mis fuerzas, mi cuento final.
Para tí, por ser tú.

La Pequeña Dama.

Amanece en la ciudad de piedra. El oscuro sol se sumerge tras los tejados y una luna llena emerge cercana, titánica, llenando de queso el horizonte. El puente de agua que cruza la ciudad agita sus arcos despertando bruscamente a los pájaros que anidan en él.

Galopa por los callejones una caravana de motas de polvo que colapsa las rejas de los balcones, deslizándose por toboganes rectangulares de luz a través de las persianas. En una pequeña casa, soñando con odiseas en el espacio, la Pequeña Dama se estremece ante el fin de su merecido descanso. Se frota los ojos y mira el techo aún oscuro; todavía es demasiado temprano, pero cuando por las tardes se tumba aburrida aperecen sobre la pintura naranja del techo letras; las letras forman palabras; las palabras historias. Y cada historia es diferente. Sin embargo hay veces en las que no aparecen letras sino notas en un pentagrama; es entonces cuando la Pequeña Dama canta y baila, pero sólo si nadie la oye ni ve.

Se sienta en la cama y eleva los brazos desperezándose y abriendo en un largo bostezo sus labios de azúcar decorados con una gotita de cacao. Un suspiro, un juramento entre dientes y sin más preámbulos abre la ventana para contemplar cómo se presenta el nuevo día. En la ventana de enfrente aparece un gato que caracolea entre las macetas, y el gato al verla la saluda al estilo felino: “Buenos días, Pequeña Dama”, y un leve gesto con su elegante sombrero de copa. Sí, parecía que el día no iba a ser tan malo. La Pequeña Dama devuelve respetuosa el saludo, aunque a falta de sombrero agita con comicidad su flequillo. Cierra los ojos y toma aire fuerte, muy fuerte; la mañana tiene un aroma especial y refrescante, como cuando se respiran sin querer las burbujas de un refresco. Un cosquilleo en la nariz la hace estornudar obligándola a mirar hacia la calle que está curiosamente viva.

Desde su atalaya puede contemplar a la derecha a una niña solitaria sentada en el suelo jugando a las cartas con un árbol. La niña deja una carta en el suelo y grita hacia la alta copa: “¡rey de espadas!”. Las ramas del árbol entran en una divertida agitación y sueltan una sóla hoja sobre la cual reposa una única carta. La Pequeña Dama no alcanza a ver cuál es, pero contempla interesada la reacción de la niña al levantarse hacia el punto donde ha caído la hoja y al recoger la carta. “¡Has vuelto a hacer trampas!”, reprocha la niña a las alturas, y dándose la vuelta vertiginosamente hace un mohín de enfado y se va deprisa con los brazos cruzados casi a la altura de su barbilla. La Pequeña Dama intuye que ha llovido el as de espadas y se relame en una media sonrisa melancólica pensando que es cierto: los árboles son unos tramposos, nunca se sabe cuántos triunfos ocultan entre sus altas ramas.

Vuelve a beber un sorbo de aire fresco y mira al frente, hacia los portales y tiendas de la calle. Uno de los escaparates le llama especialmente la atención; hasta el día anterior había estado tapado por grandes lonas y parecía aún inacabado. Tan sólo destacaba un feo cartelón que rezaba: “Ancianitos. Gran inauguración. Llenos de anécdotas. Siempre dispuestos a pellizcar mofletes. Sus niños no podrán vivir sin sus chuches. ¡No pierda la oportunidad!” y sentados en mecedoras, en perfecta hilera, tres abuelos y tres abuelas contemplaban la calle con la mirada perdida, esperando. La Pequeña Dama enarca una ceja y dice para sus adentros: “Desde luego ya no saben qué vender”.

Un sonido estrepitoso la distrae de sus reflexiones y la hace girar la cabeza bruscamente hacia la izquierda. La escena es algo confusa, pero no tarda en tener una explicación: un autobús escolar con el tiempo justo para llegar al colegio ha chocado contra una tapia provocando una avalancha de ladrillos sobre la calzada. Un gran jolgorio retumba por las bocacalles cuando los niños salen a empujones por las puertas del autobús y se abalanzan sobre los ladrillos desparramados. Raspan la superficie con bolígrafos, llaves, reglas... y tras la primera capa aparece el interior de caramelo. Los hay de todos los colores, de todos los sabores. La calle es una fiesta. Los peatones miran entre risas el espectáculo, un profesor intenta sin suerte meter a los niños en el autobús y el condúctor se lleva las manos a la cabeza ante el desbarajuste, no sin antes guardar con mal disimulo un ladrillo de toffe en su fiambrera. Y la Pequeña Dama ríe con ganas deseando bajar y unirse a los niños.

Ríe y ríe. Y el gato de la ventana de enfrente se atusa el bigote y golpea un lateral de su sombrero, dejándolo ladeado en una posición entre aristocrática y gamberra; lee los sentimientos de La Pequeña Dama y llamando su atención con un maullido le dice: “Pequeña Dama, es así como te queremos, alegre y sonriendo a la luna llena. Abre la puerta y sal a la calle sin miedo. Siempre estará en tu corazón esa niña, y siempre estará esa niña en nuestro corazón”.

Y la Pequeña Dama batió sus alas con alegría, pensando en atiborrarse de ladrillos como hacía antaño y... ¿porqué no?, echarle la revancha a algún árbol. Abrió la puerta de su casa, bajó saltando las escaleras y salió a la calle, dispuesta a sumergirse en un brillante nuevo día.

Felicidades.
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7 comentarios

Iván -

Cualquier regalo es indigno cuando alguien lo merece todo. Y este caso no es ninguna excepción.

paburo -

vaya regalo mas currado. yo que suelo dar un simple tiron de orejas y 'feliz cumple'.

suelo.

Ghanima -

^_^
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Ghanima -

:¨¨¨(

Deed -

oh, diso... mola muchísimo!en serio, es genial! O_O
sobretodo me encanta esta parte: "Galopa por los callejones una caravana de motas de polvo que colapsa las rejas de los balcones, deslizándose por toboganes rectangulares de luz a través de las persianas." :_)

jo... realmente no se que decir...

Ghanima -

¿Dónde estás?

Ghanima -

Muy lindo :D
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