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Redemption

Vaho (3ª parte, y última)

Vaho (3ª parte, y última) -4º Mensaje–

El despertar a la realidad supuso un punto de inflexión en la línea descendente que había sido mi vida durante el último año. El instinto de supervivencia dio la alarma y saltó el piloto de emergencia. La ruptura y las muertes sumados a los mensajes me habían llevado al borde de la locura y ya sólo quedaba dar el paso hacia el precipicio. Pero el ser humano tiene más recursos de los que uno pudiera imaginar; por eso hay casos de gente que vive y hace vida normal con balas incrustadas en su cabeza o despierta de un coma tras décadas. Lo mío fue algo distinto. Dejé de llorar al instante y contemplé con un golpe de vista lo que sucedía a mi alrededor; no recordaba absolutamente nada y sin embargo sabía perfectamente dónde estaba y porqué. Me encogí en mi mundo interno para reflexionar sobre todo lo sucedido. Todos los pensamientos fluían a gran velocidad: “No era sobre el propio espejo sobre lo que no tenía que contar nada, sino sobre Raquel. Iris es sospechosa. Pero no tiene motivos para hacerlo. Y cómo hacer algo así. Es demasiada casualidad. Solo estábamos nosotros dos, todo el mundo estaba en clase o en las cafeterías. Frasquito tampoco. Estoy sólo. Alguien quiere joderme, y es algo personal. Sabe lo de mi ex; podría ser uno de sus admiradores que quiere tomarse una venganza que sólo le corresponde a ella. Cada vez se acerca más, sólo seres queridos. La siguiente es Raquel, seguro, así que no puede ser por venganza. Se trata de que vayan muriendo todas las personas que me importan por un orden de preferencia que sólo yo puedo saber, así que es improbable que el que esté haciendo esto de un paso atrás y le dé por matarme a primos terceros. No importa. No voy a dejar que nadie más muera por mi irresponsabilidad”. Todas las ruedas se calzaban en un engranaje diabólico que con toda certeza iba a continuar hasta que no me quedara nadie.

El resto de Marzo lo viví en casa de mis abuelos, lejos de la Universidad, del colegio mayor y del espejo. Dado mi nuevo estado mis abuelos se debatían entre el terror y la pena. Apenas hablaba, dormía un par de horas al día y siempre por la tarde. No paraba de leer encerrado en la cocina y sólo pisaba el baño para mis necesidades y ducharme con agua fría una vez cada cuatro días, a regañadientes y sin afeitarme. Comía varias veces al día pero en pequeñas cantidades, prolongando cenas normales y corrientes durante horas y horas. Toda mi familia temía que me hubiera vuelto un esquizofrénico debido al golpe, pero no era así. Me negué a volver al psicólogo, ya había ido a varios cuando lo de Raquel y no había servido de nada. En realidad el problema no residía en mis nuevas rarezas, sino en mi gélida serenidad ante absolutamente todo lo que pasaba combinada con una paradójica tensión. Tenía calambres constantes y los gemelos se me subían varias veces al día; mi abuela tuvo que reducir mi dieta a sopas, bocadillos y bebidas enlatadas porque en cada comida doblaba los cubiertos al usarlos hasta dejarlos inservibles y resultaba posible que sin darme cuenta rompiera vasos con las manos en uno de tantos espasmos. Yo intentaba no coger las cosas con fuerza, pero no podía evitarlo. De pura tensión todo cobraba la consistencia del papel.
No guardo mal recuerdo de esos días que hoy se me antojan tan lejanos. Me sentía como un Spiderman con sus sentidos a toda potencia. Lo captaba todo y hasta por las noches podía reproducir completas las conversaciones que había oído a mis abuelos a lo largo del día; y en ningún momento pensé en Quique ni en mis padres. Todo lo que meditaba acerca de los mensajes lo hacía de una forma serena y ridiculamente racional: sólo importaba no volver a caer en otro error y no permitir que ni Raquel ni nadie murieran. Como quien planifica unas vacaciones. Era como un estado de omnisciencia dentro de esa casa, que se había convertido en mi microcosmos.
Pero todo tiene un fin y mi cuerpo anuló la ley marcial. Día tras día estaba cada vez menos alerta, más relajado y confiado. Ya no sacaba picaportes de su encaje al abrir puertas y dormía y comía de un modo aceptable. Mis tíos se habían encargado de todos los papeleos, herencias, etcétera y yo debía volver a la Universidad. Perder un curso por una depresión puede pasar, pero no me podía permitir un segundo año consecutivo en blanco; menos aún sin el colchón económico de mis padres.

-5º Mensaje-

En clase todo el mundo se había enterado de mi recién estrenada orfandad. Los que durante años no me habían dirigido la palabra se rompían el culo para darme el pésame. Ellas me abrazaban y me invitaban a salir con el grupito de turno algún sábado para hablar y tomar algo. Yo, con los putrefactos restos de caballerosidad que me quedaban de los viejos tiempos, daba excusas e intentaba disimular malamente la profunda repugnancia que me producía el contacto físico de unas tipas que no se habían dignado a hablarme más que para pedirme los apuntes. Ellos se ofrecían a pagarme cafés e ir de bares los sábados. Con los tíos simplemente me negaba y les lanzaba una mirada homicida si insistían. El número de cafés y las veces que me repetían lo de irme de juerga era directamente proporcional a las tías buenas que hubiera en las cercanías escuchando. Me dieron ganas de vomitar al pensar que, en caso de estar en su lugar, yo podría haber hecho lo mismo. En cuanto a ellas se repetía el mismo esquema, pero con el grupo de amigas de turno y apoyadas en el brazo del novio; no hay mejor manera de que la “hembra alpha” refuerce su liderazgo que haciendo un caritativo alarde de comprensión y buen rollo. Ya sé que tanta amargura me ha dejado hecho un cabrón malpensado y desconfiado, pero la humanidad da auténtico asco. Yo soy un buen ejemplo.

Aunque uno tenga una vida gris y totalmente predecible siempre hay momentos para la improvisación y la sorpresa. La sorpresa llegó a la semana de mi regreso a la rutina cuando al volver de clase la vi sentada en las escaleras de acceso al colegio mayor, encorvada para que su cabeza reposara sobre el cuenco que formaban sus manos; con su aspecto de ida del mundo, sus ropas mugrientas y una cadena que surgía bajo un pliegue de su camiseta y caía irregular serpenteando sobre un par de peldaños.
No tengo ni idea de cómo se enteró Iris de los últimos acontecimientos porque apenas se cruzaban nuestros caminos más que una vez al mes y yo apenas la devolvía el saludo por mera cortesía. Por un instante la lancé una mirada iracunda; pero no podía responsabilizarla de la conversación que había asfixiado a mi madre. Recompuse el rostro pero ella se había dado cuenta de mi expresión y poniéndose en pie me dijo que si molestaba se iba y que sólo había venido a ver cómo estaba. Me senté en las escaleras como un gesto de perdón y aceptación de su visita que ella entendió con una sonrisa y se sentó a mi lado en silencio.
Debió leer bien mi mente porque en ningún momento habló ni hizo alusión alguna sobre cualquier acontecimiento luctuoso, lo cual por otro lado agradecí dejándome llevar en una larga conversación sobre chorradas sin importancia. Al ver que más o menos había logrado distraerme un poco de tanta fatalidad miró al cielo que ya oscurecía durante un momento y con solemnidad se puso a rebuscar en la pequeña mochila que llevaba casi camuflada entre sus tobillos. Sacó una botella de Jack Daniel´s y la agitó ante mí diciendo “¿Qué tal un poco de devoramentes antes del toque de queda?”. Había reglas sobre presencia femenina en el colegio mayor, pero con cierta permisividad hasta la hora de la cena; a partir de esa hora estaba totalmente prohibido que hubiera chicas en el recinto. Antes, se apelaba a una supuesta responsabilidad de los residentes, aunque entre los conserjes, guardas y personal de limpieza eran constantes las muestras de recelo y amenazas de denuncia ante los tutores. En cualquier caso supuse que no pasaría nada por tomar un par de copas en la escasa hora que faltaba hasta que ella tuviera que largarse, así que accedí y fuimos a mi habitación por los ascensores principales; el mejor secreto es el que se guarda a la vista de todo el mundo.
Quizá fuera algo que ella ya tenía planeado. En cualquier caso acabamos la botella aunque ninguno de los dos terminamos demasiado tocados, a mí apenas me afectaba el alcohol en cantidades que antes por lo menos me achispaban, sobre todo en bebidas que no fueran cerveza, y ella desde que la conocí era una socia compromisaria de las destilerías de Tennesee. Había pasado la hora señalada y para evitar malos encuentros hasta la salida decidimos que se quedara a dormir conmigo; ya nos apañaríamos por la mañana a primera hora, cuando la gente aún no se hubiese levantado. Aquella noche descubrí facetas de Iris que no conocía, incluso me parecía una persona realmente interesante y llena de facetas que jamás pensé que tendría; nunca habíamos intimado mucho aunque fuese la mejor amiga de Raquel durante tantos años y siempre preferí mostrarme esquivo con ella para evitarle celos a mi ex. La voluptuosidad y mirada selvática de Iris ponía nerviosas al resto de féminas, supongo que por eso no se la solía ver mucho en grupos de gente; lo cual no quiere decir que anduviera sola por todas partes, siempre había alguna chica a su lado aunque raras veces se la veía repetir con la misma. Además era el tipo de mujer que te mira de arriba abajo para acabar lanzando una sonrisa siniestra, como si se felicitase por haber descubierto tu punto débil y lo archivase en su memoria dispuesta a manejarte a su antojo en caso de necesidad. Conversamos, simple y llanamente. Casi me da un infarto cuando cogió el cenicero dispuesta a vaciarlo; le dije que no lo hiciera y alegué que era una de mis nuevas manías, a lo cual contestó devolviéndolo a su lugar y encogiéndose de hombros.
Entre la pequeña chispa de euforia del bourbon y lo amena que estaba resultando la velada aparté de mi mente todas mis preocupaciones por unos instantes, los suficientes como para mirarla a los ojos con creciente excitación mientras ella hablaba sobre un compañero suyo de clase que era gilipollas y buscaba cualquier ocasión para acercarse a ella y rozarla. Captó mi mirada y lo que había tras ella, dejó una frase en el aire y agachó levemente la cabeza para atraparme con unos ojos que jamás había visto en ella y superaban con creces sus gestos más salvajes, que no eran pocos. Mordí bien el anzuelo.
No sé quién de los dos se lanzó buscando la boca del otro. Fuimos los dos a la vez, quizás. Lo que sucedió inmediatamente después no tiene importancia como hecho en sí, pero la forma... en la forma está todo. Mientras yo tomaba el mando con una pasión rozando el delirio ella, al contrario de lo que imaginaba, desprendía suavidad en cada movimiento. Fue eso lo que al acabar me pareció más importante y más peligroso. Sobre todo cierto brillo en los ojos que hacía mucho tiempo que no veía. Ella se quedó dormida muy pronto mientras yo me iba al cuarto de baño a lavarme la cara; estaba llorando sin darme cuenta. De algún modo sentía que le estaba siendo infiel a Raquel y que estaba jugando con Iris. Dejé que corriera el agua fría y taponé el lavabo para poder meter toda la cara, a ver si así se me quitaban esas nuevas ideas de culpabilidad mal entendida. Hundí mi cara en el agua y aguanté hasta quedarme sin aire. Me sequé y salí sin mirar en ningún momento el espejo.

Iris se fue a la mañana siguiente sin despertarme. Lamenté no haber hablado un poco más con ella, pero quizá fuera la confirmación de que sólo había sido un rollete. Me alegré de haberme equivocado al juzgar esa extraña mirada resplandeciente. O eso creí. Mi sorpresa sería mayúscula cuando al volver de clase me la encontré en las escaleras, exactamente igual que el día anterior, pero de pie; ya no había cadena ni parches de los Exploited. Lucía una camiseta de tirantes levemente escotada y unos vaqueros viejos ajustados; como no llevaba las gafas me costó determinar si era ella hasta que la tuve a cinco pasos. Se movía a izquierda y derecha por un escalón de un modo compulsivo y se mordía la falange de un dedo. Los que entraban y salían del colegio mayor la devoraban con la vista sin piedad, incluso uno tropezó y rodó escaleras abajo llevándose por delante a otro que subía, como no podía ser de otra manera, mirando a Iris con la boca abierta. La verdad es que impactaba. Con su nuevo aspecto y lo que descubrí de su persona la tarde-noche anterior perdía ese imán salvaje, pero ganaba con creces en muchos otros aspectos. Por decirlo de un modo crudo: antes incitaba a una noche de sexo duro hasta quedarse seco y ahora... ahora también, pero no sin antes llevarla a todos los sitios donde te conocen y rematar la faena cenando en un restaurante de lujo para que todo el universo viera que ese pedazo de mujer está contigo, y que se jodieran de envidia. No me puse a pensar en el porqué de tan repetino cambio en su aspecto, pero me di cuenta enseguida de que estaba realmente incómoda siendo el centro de todas las miradas. La teoría de Raquel quedaba pues confirmada. “Vámonos de aquí antes de que me ahogue en babas de macho”, me dijo cogiéndome de la mano y tirando de mí hacia las afueras del campus.
Sus tíos estaban fuera de la ciudad y teníamos la casa para nosotros sólos, eso es lo único que me dijo durante el camino. Yo estaba demasiado concentrado en intentar discernir qué era lo que estaba pasando exactamente y ella creo que tenía bastante con arrastrarme a toda velocidad a sus dominios antes de que yo llegase a alguna conclusión que, con lo zumbado que estaba, podía ser perfectamente salir corriendo cruzando semáforos en rojo. No había tenido tiempo de salir de mi confusión cuando entramos en su casa; lanzó las llaves al suelo provocando un eco estruendoso en el vestíbulo que me crispó los nervios y se lanzó sobre mí sin mediar palabra. Del choque tuve que recular dos pasos hasta dar con mi espalda en una pared. Sus brazos me rodeaban el cuello e impidieron que me golpeara en la cabeza. No intentó besarme, pero se me quedó mirando fíjamente con ese resplandor líquido bailando en el blanco de sus ojos. Fue entonces cuando se me fueron todas las dudas sobre lo que estaba pasando, así que comencé a hablar abriendo fuego con la gran pregunta.

- ¿Por qué?
- No te entiendo,- dijo ella frunciendo el ceño pero sin soltar la presa,- ¿porqué “que”?
- ¿Por qué?- insistí.

Finalmente se apartó a cierta distancia aunque sus manos se entrelazaron en mi nuca. Apartó su mirada ruborizándose de repente; nunca la ví tan bonita como en ese instante; me recordó la suave cara de hada melancólica que tenía Raquel cuando se encerraba en sus pensamientos, pero no pude conmoverme. Ya no. Es uno de tantos sentimientos que había perdido.

- Te quiero.- soltó de golpe aunque yo ya lo había previsto, a pesar de lo cual no supe muy bien qué contestar, al menos de una manera coherente.
- No es cierto. Es imposible. Apenas me conoces. No tiene sentido.
- Te quiero desde hace años.- prosiguió volviendo a mirarme a los ojos a punto de regar con lágrimas algo que cada vez resultaba más absurdo.
- ¿Años? No puedo creerte, ni tan siquiera te dignabas a dirigirme la palabra.
- Cuando te conocí me pareciste el tipo más introvertido e insensible que había visto nunca, pero te observaba aunque tú no te dieras cuenta porque para ti sólo existía Raquel. Lo veía y oía todo. Cada vez que la abrazabas por la espalda, cada vez que la mirabas con esa calidez y apretabas su mano, cada vez que la besabas con una dulzura que apenas la rozabas, cada vez que le dedicabas una sonrisa, cada vez que borrabas sus lágrimas, cada vez que le apartabas el flequillo y todo lo que ella me contaba y yo apenas contestaba que eras la encarnación de la diabetes y que dabais asco. Y ella se enfadaba. Y yo por dentro me moría de jodida envidia porque jamás nadie me querría así ni de esa manera.- terminó finalmente rompiendo a llorar,- A veces me quedaba apartada disimulando y cerraba los ojos mientras hablabais, y me imaginaba que era a mí a quien decías todas esas cosas preciosas o me apartabas con delicadeza la camiseta para besarme un hombro en vez de a ella.
- Lo que dices no tiene lógica,- contesté sin estar ya muy seguro de lo que estaba diciendo.- Lo que tú quieres es una serie de detalles de lo que te gustaría en una relación, pero no a mí. Soy un miserable cabrón, Iris. Lo soy.
- Una relación está compuesta de personas; y una persona es el conjunto de todas las cosas que hace, dice y piensa.Tú eres ese conjunto que he estado buscando toda la vida mientras tropezaba. Pero ella era mi mejor amiga y tú la mirabas como si estuvieras ante el mismísimo Dios. ¿Qué hacer ante esa situación?
- También hago, pienso y digo cosas horribles.
- La única distancia que hay en este momento entre tú y yo está regida por una balanza. En la mía todas las cosas buenas que he comprobado que hay en ti pesan tanto que hacen que lo malo que hay en el otro extremo salga disparado por los aires, mientras que en la tuya...
- En mi balanza los dos platillos rebosan podredumbre.
- No digas eso.- me suplicó cogiéndome de las mejillas y dándome un pico,- No seas tan injusto contigo; date a ti mismo la oportunidad que nadie te ha dado ni puede darte.
- No lo entiendes.
- Si tan sólo me dieras la décima parte de lo que le dabas a ella; ya no a mí, a cualquiera. ¡A cualquiera!- repitió apretando los dientes y clavando las yemas de sus dedos bajo mis orejas.

Levanté la vista por encima de su cabeza y me pude ver en un gran espejo clavado en la pared de enfrente. Su melena tapaba la visión de mi rostro, mis ojos surgían como una siniestra puesta de sol sobre su pelo y mi frente estaba arrugada, reteniendo alguna gota de sudor. Fijé me vista en ese imagen y le dije en susurros:

- Me pides algo que ya no tengo. Ya no existe la décima parte de nada. Lo dí todo, Iris. Me quedé vacío. Y aunque quedara algo no tendría fuerzas, ni sabría cómo...
- Entonces déjame que yo llene ese vacío.- respondió al instante hundiendo la cabeza en mi pecho,- Déjame intentarlo. Aunque no lo digas sé que no me quieres, pero ayer me dí cuenta de que nos aportamos cosas, de que te gusto, podeemos estar horas hablando sin discutir aunque seamos diferentes. De que conectamos. Puedes llegar a quererme, lo sé. Tú y yo como un solo ser. Podemos lamer nuestras heridas y renacer mejores y más fuertes de lo que jamás podíamos soñar. Conozco la sensación de estar enamorada y cómo se desvanece tarde o temprano. Aunque eso pase yo te seguiré queriendo y lucharé por ti. Tan sólo conóceme. Tan sólo eso. Echa un vistazo a lo que hay dentro de mí. Yo confío en ti y sé que no vamos a hacernos daño. Ya hemos sufrido los dos demasiado; no quiero odiar ni que me odien nunca más, es un sentimiento horrible. Yo no te daré motivos, te lo juro; y sé que tú a mí tampoco. Confío en ti y en que no cometeremos los mismos errores del pasado. ¡Por favor!
- Me gustaría creerte, pero no puedo. Lo que me dices es algo que ya he oído antes y resultó ser tan sólo un sueño por el que perdí mi alma. La doble traición, la venganza, el círculo vicioso, el dolor... Ni siquiera sé si puedo confiar en mí mismo y en que no te haré daño. Hay cosas que no sabes; sólo creo sufrimiento a mi paso.
- Por favor.- me suplicó de nuevo aún con lágrimas pero sonriendo esperanzada,- Me veo contigo ahora, dentro de años y de décadas; y nos veo caminando hacia delante cogidos de la mano. Un proyecto. La vida. Alguien en quien confías, que te cuida, con el que compartirlo todo, con el que poder quedarte dormida sabiendo que no permitirá que nada malo pueda pasar y que al día siguiente te despierte diciéndote que todo marcha bien en un brillante nuevo día.

Tomé aire. No podía tomar una decisión en un momento tan emotivo, una decisión que cada día deseaba que no tuviera que tomar. En ningún momento pestañee ni aparte la mirada de ese punto inexistente de mi reflejo en el cristal. Pero ese calor, el calor del pelo de una persona que te abraza, cayendo por el pecho y desbordándose en los brazos me hizo pensar que quizás podría dejarme llevar y dejar que Iris me guiase fuera del infierno y de la locura.

- Recuerdo esa sensación. La sensación de que hay futuro. La ilusión y la esperanza, pero es tan lejana, irreal y agrietada como una vieja fotografía.- dije simplemente, y los dos guardamos silencio, pensando qué hacer a partir de ese punto.

Es gracioso. Precisamente en el instante en el que se abría una posible salida, quizá la última, mi cara y el cabello de Iris se difuminaron rápidamente en un brote de vaho blanquecino. Lo último que alcancé a ver antes de quedar cómicamente empañado fue mi cara inclinarse hacia atrás con la boca muy abierta y una gruesa lágrima de horror cayendo a plomo por el rabillo de mi ojo izquierdo. Me quedé congelado unos segundos que fueron eternos mientras un dedo invisible escribía en el espejo las primeras letras de un nuevo mensaje: NO L... No pude leer más. Dominado por el pánico aparté de un empujón a Iris que cayó al suelo atónita y avancé hacia el espejo lanzándole un puñetazo con todas mis fuerzas. El marco cayó al suelo inundando el suelo de cristales rotos. Ví los restos a través de los huecos de mis dedos que chorreaban sangre por los nudillos. Miré la balbuceante cara de Iris semioculta tras una maraña de pelo por última vez antes de intentar emitir en vano un “lo siento, no puedo, podrías ser la siguiente”. No me salía la voz. Abrí la puerta y huí por las escaleras a toda velocidad llorando horrorizado, saltando escalones sin importarme la posibilidad de tropezar y partirme el cuello. Dejé la puerta abierta y oí gritar a Iris que no la dejara sóla, que me necesitaba, que cuidaría siempre de mí, que me quedara con ella; martilleando mi cabeza una y otra vez, culpable por dejarla tirada sin darnos una última oportunidad y a la vez salvando, con toda probabilidad, su vida. Bajé los tres pisos y salí a la calle cubriéndome la cara con las manos, empapándome de sangre como la víctima de una peli mala de serie B. Lo último que gritó fue un “¡no!” agónico y desesperado. Y el portal de entrada se cerró a mi espalda.

-6º Mensaje-

Lo peor fue al entrar en el hospital con la mano ensangrentada y darme cuenta de un hecho escalofriante: los mensajes aparecían sin agua caliente de por medio y en cualquier lugar; para colmo llevado por el histerismo había roto el espejo sin haber leído el mensaje. Apenas un lacónico “NO L”. Imposible discernir cómo podría continuar la prohibición sabiendo lo estrambóticas que podían resultar, como por ejemplo la del cenicero. Me quedé totalmente paralizado sin sentir dolor alguno mientras me daban puntos en las heridas. Fue tan rápido que ni siquiera me dio tiempo a pensar en posibles combinaciones. La enfermera salió dejándome sólo, no sé muy porqué ya que en ningún momento me dirijió la palabra, y en un espejo de la sala donde me encontraba se formó de nuevo el vaho. Esta vez sí me quedé observando con tranquilidad cómo lentamente se formaba el tan temido “TE LO ADVERT͔. Bajé la cabeza con una repulsiva mezcla de impotencia por no haber podido o sabido evitarlo, la eterna culpa y cierto alivio resignado por haber llegado al final del camino. No lo dudé. En algún cuarto de baño Raquel estaba muriendo.

-7º Mensaje-

Era noche cerrada cuando volví andando al colegio mayor dispuesto a coger pasta, pillar un taxi e irme a la casa de campo de mis tíos. Una vez allí el plan consistía en bajar al sótano, forzar el armario, coger una escopeta de caza cualquiera, meterle un cartucho y sentarme con ella en el regazo para ver el último amanecer antes de volarme la cabeza. Frasquito apareció por el pasillo toalla al hombro camino del baño silbando una melodía inclasificable. Nos saludamos con un leve movimiento de cabeza. Mientras sacaba las llaves para abrir mi habitación se giro y con una sorisilla de pícaro venido a menos me dijo: “Menuda jaca lucías ayer, nene. ¡No la dejes escapar!”. Y desapareció en el servicio. No volví a verle, aunque la última vez que ví a una persona fue al despedirme del taxista y desearle un buen viaje de vuelta. Durante las tres horas de viaje me mostré esquivo y apenas hablamos del tiempo y de fútbol. Tenía cosas mejores que hacer, como recordar cada segundo que viví con Raquel.
Lo primero que hice nada más entrar en la casa fue llamar a Iris, aunque no lo mereciese necesitaba irme con la conciencia lo más tranquila posible con respecto a ella; iba a huir de todo de la manera más cobarde posible, como era costumbre a lo largo de toda mi vida. Tardaba mucho en coger pero al menos tenía encendido el móvil, así que insisití mientras miraba el maldito espejo lleno de polvo del recibidor. El único que usaba esa casa perdida en el campo era mi tío como centro neurálgico de sus partidas de caza. Mi tía no entraba allí nunca así que siempre estaba no sucia, pero sí muy descuidada. “¿Sí?”. La voz del teléfono me pilló desprevenido e hipnotizado por el espejo. Era una voz femenina, pero no era Iris; pregunté por ella pero hubo un titubeo en la línea y una conversación de fondo que no conseguía distinguir. Yo seguía mirando el espejo y supongo que por la costumbre creí estar teniendo visiones o una imagen engañosa creada por el polvo de la superficie y mi ángulo de visión, pero la realidad quedó clara cuando todo el espejo se emborronó en un tono grisaceo y con la lentitud con que uno podría paladear un helado se dibujaron de la nada las palabras “NO COMAS”. La última voz humana que escuché vino del móvil, justo antes de que se me cayera de la mano al suelo y se abriese por la mitad como una cáscara de nuez: “Iris ha tenido un accide...”.

-Mensaje Final-

Después de cinco días sin comer, recluído, con todas las persianas ocultando el terror al mundo exterior, uno llega a ciertas conclusiones y teorías. No paraba de pensar en la frase final de Frasquito, “No la dejes escapar”. Quizás, tan sólo quizás, fuera esa la maldición completa del espejo roto por el miedo en casa de Iris, de ese “NO L” que quedó hecho afilados añicos en el suelo de casa de sus tíos. Era para morirse de risa. Fuera lo que fuera o quien fuera el creador de los mensajes y ejecutor de sus amenazas era un auténtico genio; sádico, pero genio. Piensa mal y acertarás, pero cuando creía no poder pensar más mal se superaba a sí mismo, todo para conducir a un clímax delirante que tenía la misma base desde el principio: torturarme hasta la demencia o la muerte, o ambas cosas a la vez en armónico dúo. No se trataba de que fueran muriendo todas las personas a las que quería como pensaba desde el principio, sino de aniquilar uno a uno a quienes me querían a mí, vínculos de sangre aparte.
Por un lado consigue hacerme desaparecer por completo, ya no le importaba absolutamente a nadie. Un ser anónimo al que nadie recordará, alguien que no existe; que jamás ha existido salvo dentro de su conciencia y de brumosos recuerdos de algún pariente y conocido; un “ah, sí, ese... una pena, ¿qué sería de él? No importa, vamos al cine”. Y por el otro lado la confirmación de algo que ya sabía, que a Raquel no le importaba. No necesitaba llamar por teléfono para cerciorarme de que seguía viva. Ella estaría feliz en alguna parte, con mi sombra enterrada y olvidada. Pero ahora lo sabía con certificación, del notario del infierno nada menos. Dos en uno. Un golpe maestro. Lo dicho, un auténtico genio.

Es muy doloroso no existir salvo en la mente de uno mismo; saber que no tienes a nadie en ninguna parte es desgarrador. Tus manos, la silla de la esquina, la mosca frotando sus patas sobre la mesa... todo pierde su significado; se convierten en aterradores y amenazantes formas desconocidas. ¿Y qué puedes hacer entonces? Fácil. Abrir la nevera y coger cualquier cosa. Queso, por ejemplo. Ponerte delante de un espejo y engullirlo con avidez sin parpadear mientras recuerdas lo que era estar vivo y tener sueños. Como si te contaras a ti mismo una historia que desconocías. Entonces el cristal no tarda en empañarse, y sobre la humedad se va formando una frase que te suena, como un eco lejano; como un “eres la única persona que pensé que jamás me haría daño” entre sollozos, o un “no” ronco y agudo que se desliza por el pasamanos desde un tercer piso. ¿Y ahora? Ahora las paredes del cuarto de baño se comban cobrando vida, los objetos se hacen blandos, se oye un pitido que va subiendo paulatinamente de volumen y antes de que tus ojos se desagan en una masa informe miras tus manos, las que antaño acariciaban, las mismas que se desacen digeridas en esa habitación – estómago. Y ya no tienes miedo. Porque te invade la pena al saber que esas manos no podrán acariciar nunca más. Y desapareces ante el último "TE LO ADVERTÍ".
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2 comentarios

Denebola -

Eres realmente bueno...
Solo he leído esta entrada, pero me ha enganchado. Llevo 1 hora leyendola lentamente para que no se me escapara ningún detalle.
Genio :)

Ghanima -

¿Qué puedo decir?

Ayer hice paella, al mediodia. Me salió rica, aunque al fin y al cabo no era más que arroz con pescado. A la noche la metí en la nevera. Hoy ya estaba mala. He tenido que tirarla...
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