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Redemption

II.Cerberos- La doma del colmillo

No te engañes, la valentía no existe, y no mentiría si te digo que no es la primera vez
que alguien se me pone chulo en mi terreno, pero el tipo parecía realmente nervioso y capaz de apretar el gatillo. No le faltaban motivos, este sitio pone los pelos de punta a cualquiera aunque tenga los huevos de plomo. En lo de tirar el cigarro no le hice ni puto caso, gilipolleces las justas.
En casos similares en los que me encuentro con el abordaje de algún piratilla lo que suelo hacer es conservar la calma y esperar la oportunidad, generalmente cuando el lelo de turno se queda hipnotizado por la aceitosa negrura del agua, para revolverme y tirarle por la borda. Ya ves, ninguno de los que trabajamos aquí somos unas hermanitas de la caridad. Pero la experiencia es una buena consejera y en esta ocasión el pasajero, aun siendo claramente tonto del culo, parecía un profesional. Decidí seguirle la corriente y llevarle a donde me decía sin jugármela; ya se encargarían de él los perros de presa del jefe cuando llegáramos a nuestro destino. No te he hablado de ellos, pero les verás en un rato. Es la primera y principal barrera que tendrás que atravesar; si hubiera torres de vigilancia lo suficientemente altas como para abarcar todo el perímetro de la residencia no harían falta ni los muros exteriores teniéndoles a ellos de guardia. Esos tíos son la polla, en serio. Tres maromos siameses que el jefe acogió siendo unos tiernos cachorrillos y adiestró en las mejores escuelas del mundo. Puedes dirigirte a ellos con el término "portero", aunque más bien sean una jauría de sangrientos matarifes, te darás cuenta en cuanto les veas, son del tipo delgado y fibroso, con pelo por todas partes, mirada de hielo y piel oscura y plástica como si la hubieran curtido. Se rumorea que se alimentan de carne humana, pero ya sabes cómo son este tipo de leyendas, puras mentiras. Lo que si es cierto, y de ello soy testigo, es que han llegado a matar a uno de los entrantes inquilinos mordiéndole en el cuello. Te lo juro, lo vi con mis propios ojos. Era un traslado rutinario, pero el cliente se echó atrás; tarde. El pobre pringado gritaba como un cerdo mientras uno le pegaba el bocado en la traquea y los otros miraban tan panchos. Cuando la víctima se quedó sin aliento el muy bestia tomó impulso poniéndole las manos sobre el pecho y tiró hacia atrás desgarrándole la yugular y llevándose un trozo de cuello en la boca. Miró a sus hermanos, me miró, abrió la boca para sonreír dejando que un hilillo de sangre y saliva se le escurriera por el mentón y se tragó el pedazo de carne relamiéndose y haciendo gestos con la mano en la tripa, como si se hubiera quedado satisfecho con el aperitivo el muy sádico. Fue acojonante. Ya de paso que esto te sirva como advertencia para cuando lleguemos; sabrán que estás cagado de miedo, pero no les importará mientras no lo exteriorices demasiado y montes un numerito, ¿de acuerdo?

A lo que iba; lo único que pude hacer fue encogerme de hombros, arrancar el motor y tomar este mismo rumbo mientras él se acomodaba sentándose en cubierta, seguramente oliéndose que podría intentar lanzarlo al agua o incluso maniobrar para que zozobrase la barca. Sin embargo el hecho de que me las haya visto con todo tipo de personas me ha dotado de la curiosa habilidad de discernir quién es y quién no es potencialmente dañino, así que sólo me quedaba esperar y reírme entre dientes esperando que a mi secuestrador le cayeran las del pulpo nada más pisar la orilla opuesta. Pero no todo sale según lo previsto; el muy bastardo ya debía ir advertido de lo que se iba a encontrar porque estuvo todo el viaje en silencio encañonándome con su arma y elevando la cabeza como quien sube el periscopio, oteando el horizonte.
Nos íbamos acercando a la orilla y yo cada vez iba poniéndome más tenso; ese saco de esteroides estaba al tanto de todo, eso estaba claro; y si no daba el grito de alarma al alcanzar la orilla podría haber problemas. Pero el instinto de supervivencia es muy puñetero y me indicaba que lo mejor era tener el pico bien cerrado, mejor recibir una bronca del jefe por llevar a bordo a un anormal preso al intentar colarse en la residencia que recibir un balazo por voceras antes de alcanzar la orilla. A fin de cuentas la seguridad del recinto no es mí trabajo ni mí responsabilidad. Con estos y otros pensamientos acabamos llegando a destino. Nunca doy aviso de que llego con un cliente, simplemente los perros del jefe oyen el ruido del motor y salen de su garita para ayudarme a amarrar la lancha. Nunca se dignan en mirarme así que ni por medio de una mirada podía advertirles de que había algo que no iba bien.
Uno de ellos se aproximo a la lancha en espera de que le lanzase un cabo y los otros dos permanecían en la orilla hablando en voz baja sin prestar ninguna atención a las maniobras de atraque. Lancé el cabo esperando que el receptor no bajara la guardia presa de la rutina y no perdiera de vista la lancha; el musculitos mientras tanto gateaba hasta mí posición para colocarme el cañón de su pistola en la base de la espalda. Me giré instintivamente al notar la presión del acero sin percatarme de que un acto reflejo como ese podría provocar un disparo de mí captor. Pero no cabía duda de que el fulano era todo un experto y no iba a caer en el error de aniquilar en primer lugar al eslabón mas débil; sí tenía que salir a la luz, sería quitándose de en medio a uno de los platos fuertes.

Y... así fue. Aprovechando que al que le había tocado el turno de atar el cabo al muelle estaba en plena faena de rodillas, el hijo del alcalde tomo impulso poniéndose en píe y tomando una corta carrerilla salto por la borda hacía el muelle encasquetándole al portero una patada en la cabeza que le tumbo como a un saco de patatas. Yo lo veía todo desde el puente de mando en mí posición privilegiada, con una mano en el timón y otra ocupada con un cigarro. Te lo juro, el pobre cabrón ni lo vio venir. Los otros tampoco vieron el golpe, pero sí oyeron el ruido que hizo su hermano al caer inconsciente sobre las tablas del embarcadero. Su reacción fue instantánea, como buenas maquinas de matar, y se lanzaron en dirección al ruido sin mirar sí se enfrentaban con un pardillo que había tenido un golpe de suerte o con un lunático armado hasta los empastes y forrado en dinamita. Pero ya era tarde, muy tarde. Con la primera barrera franqueada, el puto héroe no tenía mas que emboscarse tras el casco del bote, apuntar y disparar a las piernas; como de hecho hizo. Le resulto muy fácil. Demasiado fácil; y las consecuencias las acabaríamos pagando todos; bueno, no... las acabé pagando yo. Los casquillos aún bailoteaban en los maderos del muelle cuando los dos porteros restantes claudicaban con una mano en alto y la otra en la herida de bala, de rodillas. No puedo negar que esa imagen me provoco una leve sonrisa, pero fue el único alivio, por llamarlo de algún modo, que tuve. Todo había salido mal. Solo cabía esperar que el imbécil fuera bloqueado en las barreras interiores, desconocidas para mí, y que el castigo por permitirle que llegara tan lejos fuera leve.
Me enciendo otro cilindro y continúo.

Nuestro puñetero héroe ya tenía dominada la situación.

- ¡Al suelo boca abajo! ¡Venga hijputas, no me hagáis perder el tiempo! -les grito apuntando con el arma a los dos heridos mientras arrastraba al tercero por el embarcadero cogiéndole de una pierna.- ¡Y no quiero oír ni una puta palabra! ¿Entendido?

Suficiente intimidaban ya los porteros aunque estuvieran pastando tierra como para dejar que se pusieran a amenazarle. Yo también lo hubiera hecho.

- Y tú, el encapuchado;- digo haciéndome un gesto de atención con la cabeza, baja de ahí con una cuerda, ayúdame a despertar a este capullo y átalos bien fuerte.
- La única cuerda que hay es la de amarre, me temo,- le contesté esperando que colara.
- ¡Chorradas! He visto al menos dos cuerdas más bajo la lona, así que ya las estás trayendo. Y como me vuelvas a hacer perder el tiempo te vuelo la cara, ¿está claro?

No tuve más narices que hacer lo que me pidió. Bajé del barco, desperté del coma al que se había comido la patada en la cabeza y até juntos a los tres seguratas con una cuerda y de las muñecas con otra; sé de nudos marineros, así que ni Houdini se hubiera librado de algo así. Ya te puedes imaginar las miradas asesinas que me dirigieron los tres. Ahí sí que me cagué en los pantalones. Sólo cabía esperar que el jefe me castigase antes que esos cafres tuvieran tiempo a tomarse la justicia por su mano; y rezar en cualquier caso para que el castigo no fuera ejecutado por ellos.

- Date la vuelta.- me dijo el tipo ya con la situación totalmente bajo control.

Me di la vuelta... y ya está.
Supongo que me noqueó con la culata de la pistola. Lo único que sé es que me desperté tirado sobre los guijarros de la orilla con un inmenso dolor de cabeza. Pero no estaba sólo; al levantar la cabeza me encontré con la Perra de las Tinieblas. La llamamos así porque... bueno, porque es una perra tenebrosa. Así de claro; una asesina despiadada, aunque apenas ejerce. Estaba sentada en el muelle, con las piernas colgando, la falda subida hasta las rodillas y chapoteando alegremente en el agua. Suena muy bucólico e inocente, pero esa miserable zorra sabe cómo jugar sus cartas. Siempre va de negro, con un rictus glacial, un toque juvenil y esa mirada oriental que te recorre de arriba abajo como estudiándote tras el velo de su espesa cabellera negra. Luego esboza una leve sonrisa triunfal, algo así como "ya sé tu punto débil, muñeco; eres mío". Y lo eres, vaya que sí lo eres. Es terriblemente seductora; tiene permiso para rondar por Los Muelles y usar como consoladores vivientes a aquellos que se le antojan, aunque conmigo sólo se limita a aguantar las nauseas. Forma parte de la plana mayor de la residencia, así que no tiene porqué cortarse un pelo a la hora de proclamar su asco a los cuatro vientos. Aunque para qué nos vamos a engañar; el sentimiento es mutuo. No quiero decir que no me guste; la verdad es que está buenísima, pero desconfío de ella. Demasiado sugerente, demasiado poderosa. Y al igual que el resto de favoritos del jefe, sin escrúpulos y letal.

- ¿Problemas de polizones, querido?- me preguntó con su suave acento asiático,- ¿O quizás había ratas a bordo que no has podido manejar?
- Me temo señorita, que ha sido un poco de todo.- le contesté yo con tranquilidad; es una mandamás, así que aunque me caiga como el culo hay que guardar las formas. Y había un alto porcentaje de posibilidades de que la hubieran enviado para matarme.
- Mi entrañable amigo Oscuro,- así me suelen llamar en Los Muelles, entre otras apodos,- Dado que has estado durmiendo plácidamente te informaré de la situación.
- ¿El tipo ese ha...?
- No sólo "ha". - contestó levantándose y sacudiendo con firmeza sus largas y morenas piernas lanzando gotas de agua al río.- El intrigante pasajero que tú has dejado llegar hasta aquí y tomar como rehenes a los guardias ha llegado hasta las mismas habitaciones del jefe.
- ¡Pero eso es imposible!- porque aún hoy me sigue resultando imposible que llegara tan lejos.
- ¡Oh! Te aseguro que le ha resultado no sólo posible, sino además muy sencillo. Hasta ha disparado al jefe en un hombro.

Ahí sí que ya empecé a pensar en hacer testamento; nadie culparía a los cachorros del jefe sino al pringado de la barca.

- El jefe ha tenido que claudicar. - siguió explicando ella,- A cambio de su vida ha dejado libre a los futuros yernos del alcalde y ha facilitado la salida en helicóptero de la residencia al bastardo con los guardias como rehenes. Una pena que se haya ido tan pronto,- comentó llevándose una mano al mentón en actitud pensativa,- me hubiera gustado conocerle más en la intimidad.
- ¿El jefe está bien?-, le pregunté para quedar bien; en realidad el pellejo del jefe me importaba un cojón de mico teniendo en cuenta lo que me esperaba. Ha sido sólo un rasguño, pero agradezco en su nombre tu preocupación. En fin, me han enviado a que te informe de eso.
- ¿Nada más?,- había algo que fallaba y no me podía creer que fuera a escapar de rositas.
- ¡Ah, casi se me olvida!- dijo acercándose a mí y poniéndose de cuclillas; eso sí, sin mover un dedo para ayudarme a levantar del suelo,- Por esta vez vas a salvar ese putrefacto pellejo que escondes bajo esos harapos, pero te quedas confinado en Los Muelles durante un año a contar desde hoy. Suspendido de empleo y sueldo, por supuesto. Cerramos el chiringuito durante este año para reformar el recinto; no podemos permitirnos que esto vuelva a suceder, ¿verdad?

O sea: un año de cárcel. Pero no me quejé, me parece un castigo muy ligero para lo que cabría esperar. Y no sería por falta de opciones; me podrían haber aniquilado los tres perros de presa del jefe, los dos tipos que te trajeron, la misma perra tenebrosa u otro grupito de féminas del que aún no te he hablado y que se encarga de dar lecciones inolvidables a los enemigos del jefe.

Sí, un año sabático confinado en Los Muelles. Unas largas vacaciones a cuenta de la casa que se presumían sin sobresaltos. La presunción es el error de los metepatas. Y yo la metí hasta la rodilla el día que me estaba tomando una copa en la barra de Los Muelles y apareció ella.

Ella...
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