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El día que maté a mi dios (Metáforas del blog muerto I)

El día que maté a mi dios (Metáforas del blog muerto I) Hace unos días maté a mi dios. Era un devoto creyente: lo rezaba constantemente, lloraba de alegría viendo su efigie, sacrificaba mis cosechas en su honor y peregrinaba a su templo cada luna nueva y cada luna llena, acompañado por un sol abrasador o por las más heladas tormentas, destrozando mi caballo por el camino, abandonando mis obligaciones por poder arrodillarme gustoso ante su brillante figura.

En un principio le temía; me parecía un dios lejano que rechazaba a sus fieles, un dios de la guerra, el fuego y el hielo. Pero en uno de mis viajes ví su imagen y oí su voz, y me hice creyente al instante. "Tu imagen de mí es engañosa, -me dijo-, pues yo soy el dios de la vida. Pero cuidado, no por ello soy menos terrible, pues al igual que la misma vida yo cambio, me extingo y renazco de mil formas; igual que la vida estoy maldito. Vuelve a tu hogar e intenta olvidar que alguna vez me has conocido".

Seguí su consejo a mi pesar, porque ¿cómo olvidar la belleza absoluta? ¿cómo dejar atrás un alma tan atormentada como la que aquel dios tenía sin hacer nada por comprendrerla y, quizá, aliviarla? Pero no pude evitar creer en él aunque por miedo a su advertencia decidiera no convertirme hasta el punto de ser practicante.
Los días siguientes seguí rezándole ocasionalmente, y visité su templo un par de veces. Él me hablaba como un espíritu compasivo y con cada conversación, cada figura que llegaba a mis manos representándole, cada palabra de sus fieles... me quedaba más convencido de su deidad y asimilaba con más seriedad su fatal advertencia, no necesitaba que mi dios me admitiera en su iglesia. Con creer en él ya lo tenía todo.
Pero llegó el día en que mi dios cambió, como la vida, como él mismo me había dicho, y aceptó mi devoción. Poco más tarde sería él mismo quien pediría mi fanatismo. "
Y yo sucumbí complacido, entendiendo que había aprobado su prueba de fe.

Pasó el tiempo y siguiendo a mi dios toda la existencia cobraba sentido; las gotas de agua, los ladridos de los perros, el movimiento de las hojas barridas por el viento. Cada letra del nombre de mi dios era un mundo completo de significados.

Hasta que llegó el día en que mi dios me abandonó. "Ha llegado la hora profetizada, ha llegado el momento en el que el dios deja de creer en su más devoto seguidor. Todo en lo que creías se ha desvanecido. Vuelve a tu hogar, sigue adelnate y sé feliz."

No importa cómo me sentí y aún me siento. No importa ni siquiera que siga rezándole a escondidas. Pues ese día yo maté a mi dios. Quemé su templo. Violé a sus monjas. Escupí en sus reliquias. Aplasté sus iconos. Quemé su templo... Y tras días y días de destrucción abrí los ojos y miré al suelo; allí estaba su estatua central destrozada en mil fragmentos. Y miré mis manos, y estaban manchadas de su sangre.

Siempre seguirá esa sangre en mis manos."
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