Escritos baldíos en busca de una redención estéril.

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Redemption

Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2005.

¡NO!

dk6b.jpgBueno, tras otro solitario y patético fin de semana retomo el relato con el segundo capítulo que colgaré el viernes a mediodía a más tardar. Para no abotargar el blog demasiado y aprovechando mis estudios de solfeo en con la Coral Polifónica de Cañillas de río Tirón, tengo la intención de poner entre medias de cada capítulo un "fascículo", por llamarlo de algún modo, con las mejores canciones de la Historia (así que si a algún conocido le puede interesar mi opinión lírica... pues que vaya apuntando). El primer monográfico será para el grupo indie My Bloody Valentine.
04/05/2005 15:14 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

II.Cerberos- La doma del colmillo

No te engañes, la valentía no existe, y no mentiría si te digo que no es la primera vez
que alguien se me pone chulo en mi terreno, pero el tipo parecía realmente nervioso y capaz de apretar el gatillo. No le faltaban motivos, este sitio pone los pelos de punta a cualquiera aunque tenga los huevos de plomo. En lo de tirar el cigarro no le hice ni puto caso, gilipolleces las justas.
En casos similares en los que me encuentro con el abordaje de algún piratilla lo que suelo hacer es conservar la calma y esperar la oportunidad, generalmente cuando el lelo de turno se queda hipnotizado por la aceitosa negrura del agua, para revolverme y tirarle por la borda. Ya ves, ninguno de los que trabajamos aquí somos unas hermanitas de la caridad. Pero la experiencia es una buena consejera y en esta ocasión el pasajero, aun siendo claramente tonto del culo, parecía un profesional. Decidí seguirle la corriente y llevarle a donde me decía sin jugármela; ya se encargarían de él los perros de presa del jefe cuando llegáramos a nuestro destino. No te he hablado de ellos, pero les verás en un rato. Es la primera y principal barrera que tendrás que atravesar; si hubiera torres de vigilancia lo suficientemente altas como para abarcar todo el perímetro de la residencia no harían falta ni los muros exteriores teniéndoles a ellos de guardia. Esos tíos son la polla, en serio. Tres maromos siameses que el jefe acogió siendo unos tiernos cachorrillos y adiestró en las mejores escuelas del mundo. Puedes dirigirte a ellos con el término "portero", aunque más bien sean una jauría de sangrientos matarifes, te darás cuenta en cuanto les veas, son del tipo delgado y fibroso, con pelo por todas partes, mirada de hielo y piel oscura y plástica como si la hubieran curtido. Se rumorea que se alimentan de carne humana, pero ya sabes cómo son este tipo de leyendas, puras mentiras. Lo que si es cierto, y de ello soy testigo, es que han llegado a matar a uno de los entrantes inquilinos mordiéndole en el cuello. Te lo juro, lo vi con mis propios ojos. Era un traslado rutinario, pero el cliente se echó atrás; tarde. El pobre pringado gritaba como un cerdo mientras uno le pegaba el bocado en la traquea y los otros miraban tan panchos. Cuando la víctima se quedó sin aliento el muy bestia tomó impulso poniéndole las manos sobre el pecho y tiró hacia atrás desgarrándole la yugular y llevándose un trozo de cuello en la boca. Miró a sus hermanos, me miró, abrió la boca para sonreír dejando que un hilillo de sangre y saliva se le escurriera por el mentón y se tragó el pedazo de carne relamiéndose y haciendo gestos con la mano en la tripa, como si se hubiera quedado satisfecho con el aperitivo el muy sádico. Fue acojonante. Ya de paso que esto te sirva como advertencia para cuando lleguemos; sabrán que estás cagado de miedo, pero no les importará mientras no lo exteriorices demasiado y montes un numerito, ¿de acuerdo?

A lo que iba; lo único que pude hacer fue encogerme de hombros, arrancar el motor y tomar este mismo rumbo mientras él se acomodaba sentándose en cubierta, seguramente oliéndose que podría intentar lanzarlo al agua o incluso maniobrar para que zozobrase la barca. Sin embargo el hecho de que me las haya visto con todo tipo de personas me ha dotado de la curiosa habilidad de discernir quién es y quién no es potencialmente dañino, así que sólo me quedaba esperar y reírme entre dientes esperando que a mi secuestrador le cayeran las del pulpo nada más pisar la orilla opuesta. Pero no todo sale según lo previsto; el muy bastardo ya debía ir advertido de lo que se iba a encontrar porque estuvo todo el viaje en silencio encañonándome con su arma y elevando la cabeza como quien sube el periscopio, oteando el horizonte.
Nos íbamos acercando a la orilla y yo cada vez iba poniéndome más tenso; ese saco de esteroides estaba al tanto de todo, eso estaba claro; y si no daba el grito de alarma al alcanzar la orilla podría haber problemas. Pero el instinto de supervivencia es muy puñetero y me indicaba que lo mejor era tener el pico bien cerrado, mejor recibir una bronca del jefe por llevar a bordo a un anormal preso al intentar colarse en la residencia que recibir un balazo por voceras antes de alcanzar la orilla. A fin de cuentas la seguridad del recinto no es mí trabajo ni mí responsabilidad. Con estos y otros pensamientos acabamos llegando a destino. Nunca doy aviso de que llego con un cliente, simplemente los perros del jefe oyen el ruido del motor y salen de su garita para ayudarme a amarrar la lancha. Nunca se dignan en mirarme así que ni por medio de una mirada podía advertirles de que había algo que no iba bien.
Uno de ellos se aproximo a la lancha en espera de que le lanzase un cabo y los otros dos permanecían en la orilla hablando en voz baja sin prestar ninguna atención a las maniobras de atraque. Lancé el cabo esperando que el receptor no bajara la guardia presa de la rutina y no perdiera de vista la lancha; el musculitos mientras tanto gateaba hasta mí posición para colocarme el cañón de su pistola en la base de la espalda. Me giré instintivamente al notar la presión del acero sin percatarme de que un acto reflejo como ese podría provocar un disparo de mí captor. Pero no cabía duda de que el fulano era todo un experto y no iba a caer en el error de aniquilar en primer lugar al eslabón mas débil; sí tenía que salir a la luz, sería quitándose de en medio a uno de los platos fuertes.

Y... así fue. Aprovechando que al que le había tocado el turno de atar el cabo al muelle estaba en plena faena de rodillas, el hijo del alcalde tomo impulso poniéndose en píe y tomando una corta carrerilla salto por la borda hacía el muelle encasquetándole al portero una patada en la cabeza que le tumbo como a un saco de patatas. Yo lo veía todo desde el puente de mando en mí posición privilegiada, con una mano en el timón y otra ocupada con un cigarro. Te lo juro, el pobre cabrón ni lo vio venir. Los otros tampoco vieron el golpe, pero sí oyeron el ruido que hizo su hermano al caer inconsciente sobre las tablas del embarcadero. Su reacción fue instantánea, como buenas maquinas de matar, y se lanzaron en dirección al ruido sin mirar sí se enfrentaban con un pardillo que había tenido un golpe de suerte o con un lunático armado hasta los empastes y forrado en dinamita. Pero ya era tarde, muy tarde. Con la primera barrera franqueada, el puto héroe no tenía mas que emboscarse tras el casco del bote, apuntar y disparar a las piernas; como de hecho hizo. Le resulto muy fácil. Demasiado fácil; y las consecuencias las acabaríamos pagando todos; bueno, no... las acabé pagando yo. Los casquillos aún bailoteaban en los maderos del muelle cuando los dos porteros restantes claudicaban con una mano en alto y la otra en la herida de bala, de rodillas. No puedo negar que esa imagen me provoco una leve sonrisa, pero fue el único alivio, por llamarlo de algún modo, que tuve. Todo había salido mal. Solo cabía esperar que el imbécil fuera bloqueado en las barreras interiores, desconocidas para mí, y que el castigo por permitirle que llegara tan lejos fuera leve.
Me enciendo otro cilindro y continúo.

Nuestro puñetero héroe ya tenía dominada la situación.

- ¡Al suelo boca abajo! ¡Venga hijputas, no me hagáis perder el tiempo! -les grito apuntando con el arma a los dos heridos mientras arrastraba al tercero por el embarcadero cogiéndole de una pierna.- ¡Y no quiero oír ni una puta palabra! ¿Entendido?

Suficiente intimidaban ya los porteros aunque estuvieran pastando tierra como para dejar que se pusieran a amenazarle. Yo también lo hubiera hecho.

- Y tú, el encapuchado;- digo haciéndome un gesto de atención con la cabeza, baja de ahí con una cuerda, ayúdame a despertar a este capullo y átalos bien fuerte.
- La única cuerda que hay es la de amarre, me temo,- le contesté esperando que colara.
- ¡Chorradas! He visto al menos dos cuerdas más bajo la lona, así que ya las estás trayendo. Y como me vuelvas a hacer perder el tiempo te vuelo la cara, ¿está claro?

No tuve más narices que hacer lo que me pidió. Bajé del barco, desperté del coma al que se había comido la patada en la cabeza y até juntos a los tres seguratas con una cuerda y de las muñecas con otra; sé de nudos marineros, así que ni Houdini se hubiera librado de algo así. Ya te puedes imaginar las miradas asesinas que me dirigieron los tres. Ahí sí que me cagué en los pantalones. Sólo cabía esperar que el jefe me castigase antes que esos cafres tuvieran tiempo a tomarse la justicia por su mano; y rezar en cualquier caso para que el castigo no fuera ejecutado por ellos.

- Date la vuelta.- me dijo el tipo ya con la situación totalmente bajo control.

Me di la vuelta... y ya está.
Supongo que me noqueó con la culata de la pistola. Lo único que sé es que me desperté tirado sobre los guijarros de la orilla con un inmenso dolor de cabeza. Pero no estaba sólo; al levantar la cabeza me encontré con la Perra de las Tinieblas. La llamamos así porque... bueno, porque es una perra tenebrosa. Así de claro; una asesina despiadada, aunque apenas ejerce. Estaba sentada en el muelle, con las piernas colgando, la falda subida hasta las rodillas y chapoteando alegremente en el agua. Suena muy bucólico e inocente, pero esa miserable zorra sabe cómo jugar sus cartas. Siempre va de negro, con un rictus glacial, un toque juvenil y esa mirada oriental que te recorre de arriba abajo como estudiándote tras el velo de su espesa cabellera negra. Luego esboza una leve sonrisa triunfal, algo así como "ya sé tu punto débil, muñeco; eres mío". Y lo eres, vaya que sí lo eres. Es terriblemente seductora; tiene permiso para rondar por Los Muelles y usar como consoladores vivientes a aquellos que se le antojan, aunque conmigo sólo se limita a aguantar las nauseas. Forma parte de la plana mayor de la residencia, así que no tiene porqué cortarse un pelo a la hora de proclamar su asco a los cuatro vientos. Aunque para qué nos vamos a engañar; el sentimiento es mutuo. No quiero decir que no me guste; la verdad es que está buenísima, pero desconfío de ella. Demasiado sugerente, demasiado poderosa. Y al igual que el resto de favoritos del jefe, sin escrúpulos y letal.

- ¿Problemas de polizones, querido?- me preguntó con su suave acento asiático,- ¿O quizás había ratas a bordo que no has podido manejar?
- Me temo señorita, que ha sido un poco de todo.- le contesté yo con tranquilidad; es una mandamás, así que aunque me caiga como el culo hay que guardar las formas. Y había un alto porcentaje de posibilidades de que la hubieran enviado para matarme.
- Mi entrañable amigo Oscuro,- así me suelen llamar en Los Muelles, entre otras apodos,- Dado que has estado durmiendo plácidamente te informaré de la situación.
- ¿El tipo ese ha...?
- No sólo "ha". - contestó levantándose y sacudiendo con firmeza sus largas y morenas piernas lanzando gotas de agua al río.- El intrigante pasajero que tú has dejado llegar hasta aquí y tomar como rehenes a los guardias ha llegado hasta las mismas habitaciones del jefe.
- ¡Pero eso es imposible!- porque aún hoy me sigue resultando imposible que llegara tan lejos.
- ¡Oh! Te aseguro que le ha resultado no sólo posible, sino además muy sencillo. Hasta ha disparado al jefe en un hombro.

Ahí sí que ya empecé a pensar en hacer testamento; nadie culparía a los cachorros del jefe sino al pringado de la barca.

- El jefe ha tenido que claudicar. - siguió explicando ella,- A cambio de su vida ha dejado libre a los futuros yernos del alcalde y ha facilitado la salida en helicóptero de la residencia al bastardo con los guardias como rehenes. Una pena que se haya ido tan pronto,- comentó llevándose una mano al mentón en actitud pensativa,- me hubiera gustado conocerle más en la intimidad.
- ¿El jefe está bien?-, le pregunté para quedar bien; en realidad el pellejo del jefe me importaba un cojón de mico teniendo en cuenta lo que me esperaba. Ha sido sólo un rasguño, pero agradezco en su nombre tu preocupación. En fin, me han enviado a que te informe de eso.
- ¿Nada más?,- había algo que fallaba y no me podía creer que fuera a escapar de rositas.
- ¡Ah, casi se me olvida!- dijo acercándose a mí y poniéndose de cuclillas; eso sí, sin mover un dedo para ayudarme a levantar del suelo,- Por esta vez vas a salvar ese putrefacto pellejo que escondes bajo esos harapos, pero te quedas confinado en Los Muelles durante un año a contar desde hoy. Suspendido de empleo y sueldo, por supuesto. Cerramos el chiringuito durante este año para reformar el recinto; no podemos permitirnos que esto vuelva a suceder, ¿verdad?

O sea: un año de cárcel. Pero no me quejé, me parece un castigo muy ligero para lo que cabría esperar. Y no sería por falta de opciones; me podrían haber aniquilado los tres perros de presa del jefe, los dos tipos que te trajeron, la misma perra tenebrosa u otro grupito de féminas del que aún no te he hablado y que se encarga de dar lecciones inolvidables a los enemigos del jefe.

Sí, un año sabático confinado en Los Muelles. Unas largas vacaciones a cuenta de la casa que se presumían sin sobresaltos. La presunción es el error de los metepatas. Y yo la metí hasta la rodilla el día que me estaba tomando una copa en la barra de Los Muelles y apareció ella.

Ella...
10/05/2005 19:36 Enlace permanente. Tema: Los Muelles de Caronte No hay comentarios. Comentar.

My Bloody Valentine

p15328a88rq.jpgAunque de una languidez y una distorsión muy vigentes hoy en día en grupos como Smashing Pumpkins, el combo británico de My Bloody Valentine cuenta ahora con 21 añitos y es sin lugar a dudas uno de los precursores, junto a Sonic Youth, de lo que más tarde sería el grunge, aunque en un estilo más alternativo y menos punk. Fue precisamente el año de la muerte de Kurt Cobain cuando My Bloody Valentine colgaron cuerdas y baquetas; su fundador Kevin Shileds, como suele ocurrir entre otros líderes musicales perfeccionistas decidió disolver la banda y montar un estudio de grabación... hasta ahora, quizás. Tras doce años de silencio y una aparición estelar en la banda sonora de Lost in traslation parece que retoman el camino. Su discografía no es nada abundante: apenas tres albumes y una gran cantidad de singles entre los que destacan:

Only shallow, cruda representación de su estilo, con una batería de redobles sencillos y su peculiar y desgarrada distorsión.

Cigarrette in your bed, esta vez con un toque que sin duda evoca a los primeros Smashing Pumpkins, aunque aún con la languidez vocal tan característica de la banda.

Drive it all over me, sin terminar de parecer alegres, este tema posee unos toques más pop que hacen esta canción menos febril que las anteriores.

Otros temas recomendados: I only said, She loves you no less, Never say goodbye, Sometimes, Lose yourself in me y You got nothing

La próxima revisión serán los míticos INXS.

Ah, No voy a dejar Los Muelles, pero estoy escribiendo un relato de terror mucho más elaborado que no me está quedando nada mal y que quiero colgar cuanto antes, así que es probable que eso sea lo siguiente; no me pongo fechas de entrega pero como no tengo mucho que hacer creo que estará relativamente pronto (si es que no me da por repasarlo una y otra vez).
13/05/2005 15:12 Enlace permanente. Tema: Fonoteca Hay 2 comentarios.

Vaho

puntorocio.jpgVapor

"En mis pesadillas sucedió algo parecido a esto..."

-1° Mensaje-
Marzo, un miércoles. Último cuatrimestre del último año de carrera. Cuatro años eternos en una universidad atiborrada de pringados con camisetas del Che que creen poder cambiar el mundo a base de calimocho y de pasar resacosos curso tras curso alimentados por la burguesa cartera parental. Todos ellos ya tenían un puesto fijo por enchufe aunque acabaran la carrera a los treinta; una posibilidad muy real por otra parte. A otros, por el contrario, nos esperaba una larga caminata de oposiciones. Con esas perspectivas no era de extrañar que esa húmeda y lluviosa mañana de marzo lo primero que murmurara mientras me rascaba la frente fuese: "qué asco de puta vida".
De niño, en casa siempre me despertaba el primero para evitar atascos en el aseo y tomarme mi tiempo. Cada uno de los estudiantes tiene una pequeña celda individual y un cuarto de baño para cada cuatro.Ahora prefiero ducharme de noche, por eso de la pereza que da levantarse pronto, pero así habíamos dispuesto los turnos y aunque los dos compañeros que ocupaban la noche habían sido expulsados por un ligero problema de consumo de marihuana, ya me había acostumbrado a la mañana. Quitándome las legañas abrí el armario, cogí el neceser y me puse la toalla al hombro. Salí al pasillo no sin antes cagarme en todo del golpe que me acababa de dar en un tobillo con la pata de la mesita de noche, casi provocando la caída libre al suelo del cenicero con su bamboleante montaña de cáscaras de pipas (cosas de tener un cuarto diminuto) y me quedé un instante parado en la puerta, justo ante la habitación de Frasquito, para oír cómo una vez más se había quedado dormido con la televisión encendida. Repite segundo de biología y tiene ese apodo porque cuando se montan partidas de cartas suele beber pacharán que se sirve en un viejo frasco de melocotones en almíbar; es un tipo de lo más extraño.

Con Frasquito enfrascado en su almibarado mundo onírico no se auguraban discusiones del tipo "abre, coño, que me estoy cagando"; así pues, tranquilidad, mucha tranquilidad. Justo la necesaria para tomar una larga ducha de agua bien caliente; una de esas que hace sudar las paredes y que al abrir la mampara provoca que exhales vaho por todo el cuerpo como si estuvieras rodeado por un aura de energía blanquecina. Mientras dejaba que el agua golpeara mis pupilas hacía recuento de mi vida en los últimos meses y salvo los estudios, que iban viento en popa, nada marchaba como desearía. En cuatro años de Universidad no había conseguido hablarme más que con un par de personas de clase, mi padre había muerto y la que fuera mi novia de toda la vida se abría de piernas con cada fulano que le guiñaba un ojo. No había sido un buen comienzo de año, desde luego. Y peor iba a resultar el día si me obcecaba recordando los malos momentos. Aunque estar en la ducha fuese muy placentero me convenía apresurarme e ir a la ciudad universitaria para así poder diluir mis pensamientos en la marabunta estudiantil.
Salí de la ducha y comencé a secarme sin mucho ímpetu. Revolví el neceser en busca de la maquinilla y la espuma de afeitar y me coloqué ante el espejo dispuesto a pasar la mano por él para eliminar la condensación de agua, no era cuestión de rebanarme el cuello afeitándome, no al menos estando sobrio. Frené de golpe dejando mi mano en alto, como saludando a mi borroso reflejo, y contemplé extrañado lo que había escrito sobre la empañada superficie. No era el típico tres en raya que uno hace en las ventanas del autobús las frías mañanas de invierno, ni un "Pepe x Laura"; no. Se leía en perfectas mayúsculas: NO VACÍES EL CENICERO. Con su tilde en la "i" y todo.
"Curioso SMS", pensé; "¿y porqué cojones no tengo que vaciar el cenicero si ni siquiera fumo? Además, aunque fumase no habría nadie al que pudiera molestar el olor a tabaco". Esbocé una media sonrisa, no dejaba de ser una forma original de dejar un mensaje sin gastar dinero: empañar el espejo, escribir con un dedo sobre él, dejar que se desempañase sólo y esperar a que alguien volviera a ponerse al baño mana para que la escritura reapareciera; física elemental, sin tinta marca ACME. De todas maneras el contenido del mensaje no podía ser más estúpido aunque quizás, pensé, teniendo en cuenta el método empleado podría resultar ser un mensaje en clave. Borré la frase y sus aledaños con la palma de la mano y comencé a afeitarme mientras trataba de llegar a alguna conclusión satisfactoria sobre tan intrigante suceso (sí, mi vida es así de aburrida). Al aseo sólo tenemos acceso Frasquito y yo. La puerta tiene cerrojo y siempre está cerrada con llave; una pequeña norma interna de convivencia para evitar que los estudiantes se salten su turno colapsando baños de otros compañeros. Luego la resolución de la autoría podía cuajar pronto: la primera opción es que alguien que no fuese Frasquito hubiera accedido con ganzúa, llave maestra o duplicado de nuestras llaves con nocturnidad y alevosía para escribir el mensaje con o sin el consentimiento de mi compañero de pasillo. La segunda apuntaba al propio Frasquito, en un alarde de genialidad poco propia de él; aunque la extraña idiotez del mensaje, por otra parte, daba puntos a su favor. Dado que este año las matriculaciones habían sido escasas en la Universidad (la gente optaba más por cursos de formación profesional) había un bajo número de inquilinos en el edificio, de tal modo que yo formaba parte del único dueto habitante de la séptima y última planta. Y era difícil pensar que algún gracioso de los niveles inferiores se tomara la molestia de conseguir una llave, subir, entrar, escribir el insulso mensaje y salir pitando antes de las 6 de la mañana. Todo apuntaba a Frasquito, sobre todo teniendo en cuenta que es la única persona que ha entrado en mi cuarto y conoce mi costumbre de dejar el cenicero hasta arriba de restos de frutos secos. Ya le interrogaría a la noche. Por la primera letra del apellido le toca ir a clase por la tarde y apenas coincidimos casi de madrugada, y sólo cuando está demasiado cansado para ir a las partidas de cartas que organizan los imbéciles del equipo de rugby de la facultad de ciencias en su club, logia, o cómo coño lo llamen.

Pasaron las clases entre bostezos y apuntes tomados sin mucha gana. El segundo cuatrimestre acababa de empezar y ya tenía bastante materia avanzada desde Navidades, sin contar con la caña que le iba a meter a mis asignaturas más flojas en Semana Santa; nunca tengo gran cosa que hacer en mi tiempo libre, así que lo suelo dedicar a pasar apuntes a limpio una y otra vez hasta que se me quedan grabados o hacer los trabajos que nos mandan, que no son pocos. Siempre soy el primero en entregarlos, no porque pretenda quedar el primero de la clase ni nada por el estilo; simplemente me da mucha pereza ponerme con los deberes, así que los empiezo en cuanto nos los mandan para arrastrarlos el mínimo tiempo posible. Luego todo dios viene a pedirme que se los deje para fotocopiarlos y maquearlos. Y ahí acaba mi vida social; tampoco me quejo, no puedo integrarme entre una gente que me resulta incomprensible y desagradable en muchos aspectos; y juro que lo he intentado. Este último curso me estaba resultando relativamente fácil; éramos muy pocos los que no cargábamos con asignaturas pendientes de años anteriores y eso da una ventaja tranquilizadora. Por la tarde estudié y me eché una leve siesta antes de la cena esperando encontrarme con Frasquito en el comedor para un ligero interrogatorio. En efecto allí estaba, devorando unos sanjacobos con pinta de haber servido como suela de las sandalias de Atila, y puso una cara muy cómica cuando le pregunté si había usado el baño por la noche a lo que me respondió que había entrado en su cuarto justo cuando sonaba mi despertador y que se había echado a dormir sin quitarse la ropa de pura borrachera y cansancio, incluso se había dejado la llave del cuarto de baño en el cajón de su mesita de noche. De la tajada que llevaba no se acordaba de donde la había metido y tuvo que echar la última meada por la ventana del pasillo que da a la parte trasera del edificio; un chorro amarillo de siete pisos de altura, todo un espectáculo. Le creí sin ningún resquicio de duda. El primer martes de cada mes los veteranos del club de rugby de ciencias invitan a las nuevas generaciones a una gran cogorza en plan fiesta americana de fin de curso y Frasquito es fijo en todas. Lo de la meada sonaba también muy característico de él; y al igual que es tan extravagante con su puñetero frasco me consta que también lo es con otras cosas, entre ellas el cuarto de baño. Que le prestara a alguien su llave era posible, pero poco probable. Seguía pues el misterio, aunque ahora mi único y principal sospechoso tenia coartada.
Terminé de cenar y me fui a mi cuarto a ver la tele portátil que me habían regalado mis abuelos por Reyes. En ese momento debía estar abstraído del todo porque abrí una bolsa de pipas, vacié el cenicero y me tumbé en la cama. Me di cuenta de que había roto la estrafalaria prohibición del espejo mucho más tarde, justo antes de apagar la tele y quedarme dormido encogiéndome de hombros, sin darle ninguna importancia a tal hecho.
A la mañana siguiente volví a ducharme sin ni siquiera acordarme del puñetero espejo. Pero si consideraría el asunto con mayor gravedad cuando después de ducharme, de nuevo, me encontré con una nueva frase escrita sobre el húmedo cristal: TE LO ADVERTÍ.

-2° Mensaje

Es cierto, me lo advirtió. Lo más extraño es que la tan manida frase de "te lo advertí" se suele pronunciar tras haber ejecutado una acción de castigo; o sea, tras soltar una torta. Sin embargo no había notado ese tortazo; incluso registré mi cuarto después de vestirme para ver si me habían robado algo pero todo estaba intacto y en su sitio. A fin de cuentas si el absurdo exigente misterioso tenia acceso al cuarto de baño podría perfectamente entrar en mi habitación. En tal caso lo habría hecho de noche, aprovechando que yo dormía; y no había otra manera de que supiera que había vaciado el cenicero unas horas antes. Suponer que lo vaciase era rizar demasiado el rizo en lo que ya se presumía como una broma kafkiana. De todos modos cuando volviera de clase a hacer el equipaje ya me encargaría de hacer una limpieza a fondo por si alguien me había instalado en la habitación un sistema de cámaras y micrófonos; no era cuestión de ponerse neura, pero nunca se sabe. Y cuando volviera de casa el domingo, haría una nueva revisión; así incluso tendría un hobby. El fin de semana iba a ser tan solitario y tedioso como cualquier día lectivo, pero al menos podría tragar comida decente y algo nuevo con lo que darle vueltas a la cabeza.

Por supuesto no asocié a la amenaza del espejo la muerte de Quique, mi viejo amigo del instituto, pero fue lo primero que oí al cruzar la puerta de casa esa noche. Mi madre no supo informarme muy bien de lo que había pasado; desde que murió mi padre apenas podía juntar dos frases seguidas sin que pareciera tener un retraso mental severo. Es duro decirlo con esta crudeza, pero su repentina incapacidad de expresión resultaba enervante y con mi habitual acritud de huraño me encerraba en mi cuarto cuando intentaba hablar conmigo o la mandaba directamente a la mierda para que me dejara enpaz. Luego me arrepentía cuando echaba un vistazo escondido tras la puerta del salón y la veía llorando, pero no puedo evitarlo. Es lo que tiene la soledad, te hace irritable hasta el extremo de no poder luchar contra ti mismo.
La abuela de Quique se lo encontró muerto en el cuarto de baño, pero no habían trascendido las causas de la muerte, así que todo eran rumores sobre una supuesta sobredosis. Una muerte extraña de la que no tenía muchas ganas de saber nada. Hacía tres años que no salía de juerga con Quique y aunque nuestras madres mantenían el contacto nos habíamos distanciado mucho. Mientras yo avanzaba en una lenta agonía existencial Quique se había estancado en la adolescencia y se perjudicaba con farlopa. Tenía los sesos demasiado cocidos para mi gusto; más incluso que yo, que no es poco. Mi ventaja con respecto a él es que yo no necesitaba gastarme una pasta y jugarme una condena por posesión de drogas. La suya, que siempre estaba tan colgado que no tenía que sufrir la realidad. Una realidad de desarraigo e inconformismo en una sociedad y en un momento que nos resultaban hostiles e incomprensibles. Éramos demasiado solitarios, demasiado pesimistas, demasiado iguales. Lo suficientemente iguales como para amargarnos aún más el uno al otro. Incluso llegué a tener la esperanza de que las cosas cambiarían al separarnos cuando yo entrase en la Universidad y Quique se pusiera a dar tumbos de trabajo en trabajo. De poco o nada sirvió el cambio; él había virado clarisimamente a peor, y yo aunque en menor grado, también. No lloré su muerte, ni se me pasó por la cabeza ir al funeral ni al entierro; por fortuna mi madre estaba demasiado ida como para increparme por no querer ir y con la depresión que llevaba encima tampoco ella parecía muy por la labor de visitar cementerios. Me pasé todo el fin de semana viendo estúpidas películas de sobremesa sobre niños desbaratando planes de terroristas a base de tirachinas y reflexionando acerca del engendro cabrón e insensible en que me había ido convirtiendo paulatinamente.
Volviendo al colegio mayor el domingo, mientras el conductor del autobús dejaba al pasaje sordo con los goles retransmitidos por la radio, yo seguía recordando los buenos y malos ratos que pasamos Quique y yo. Y me vino a la mente lo que me dijo la última vez que hablé con él hacía unos pocos meses, delante de un café y estando menos drogado que de costumbre; mi ex acababa de dejarme la noche anterior y para intentar consolarme se tomó un leve descanso de sobriedad en el que estuvo frío y despiadado; sincero: «Piensa que al menos lo has intentado y te has roto los huevos todos estos años; pero no me gustaría estar en tu lugar. Porque tú, al igual que yo, eres un fracasado. Y lo sabes. Si no eres lo bastante bueno para las personas que quieres; si tu esfuerzo y lo que hay dentro de ti no sirve para hacerles felices... ¿qué eres? ¿de qué sirve lo que hagas o dejes de hacer? No eres nada, no sirve de nada. Todas las personas a las que has intentado hacer feliz te han repudiado, se han apartado de ti o te han abandonado; como a mí. Y por mucho que esas mismas personas digan lo caro que vales, la cantidad de cosas buenas que tienes en la vida o te cuenten lo bueno buenísimo que eres serán tan sólo palabras, burdos intentos de que no se te quede en la espalda la marca de la herradura al recibir la coz. El mero hecho de que te dejen tirado cuando ya no te queda más sangre que dar por ellos es una prueba irrefutable; y más extrema es la sensación de vacío cuando les preguntas qué has hecho mal, cuáles son esas cosas que supuestamente tienes o cómo es que siendo tan bueno te expulsan de su vida y su única respuesta es negar con la cabeza encogiéndose de hombros. Porque no saben qué contestar; porque esas excusas abstractas se resumen en "bueno, bonito y barato", una simple frase hecha; porque no pueden sustentar el dejarte tirado con razones; porque todo es un engaño. Todo se queda en una mentira piadosa que no son capaces de explicar. Hay personas que lo aceptan y pueden salir a flote, sobre todo si saben de qué flanco les ha llegado la puñalada: una persona mejor, una discusión muy fuerte, un grupo de amigos más chachis, un trabajo que te cagas, o la distancia como es nuestro caso por tus estudios... y mi adicción; no te culpo, pero me jode que las cosas se hayan enfriado tanto, aunque como ya te digo son razones de verdad, comprensibles y tal. Eso sí, también están los que como tú y yo se tocan y notan sangre por todas partes pero no encuentran el boquete de la herida, y se van hundiendo lenta e inexorablemente en el pozo de la desesperanza. Pierden la confianza en sí mismos y no pueden volver a acercarse a otras personas por el riesgo de padecer y hacer daño. Y en caso de que aún queden fuerzas para seguir en pie se acaban desvaneciendo en el axioma de que por mucho que te insistan no tienes pruebas que rebatan la realidad de que eres mala persona, que no vales un pimiento y que no tienes nada en la vida. La mayor razón que existe para luchar es por uno mismo, y yo al menos no le veo sentido a sacar algo adelante si ese algo soy yo. Yo; que en todos estos años ha quedado claro que ni soy buen tío, ni valgo para nada y que lo único que tengo en la vida es el mono de trabajo y una silla de camping en el desván para pasar los bajones de farlopa sin que se enteren mis viejos. Así está el tema, tronco. Y a pesar de todo tú sigues teniendo arrebatos de esperanza y delirios de poder ser feliz. Me das risa, me das pena, y sobre todo me das envidia. En fin, si existe la reencarnación debimos hacer algo terrible en nuestras vidas pasadas porque estamos pagando de lo lindo. Y lo que nos queda. La vida es mierda, macho; es mierda.».

Entré en mi cuarto con una sonrisa melancólica; al fin Quique había alcanzado el Nirvana. Dejé la mochila en el suelo, ya organizaría las cosas por la mañana. Me puse ropa más cómoda y cogí el móvil para llamar a mi madre y decirle que había llegado a destino sin ningún percance. La noté un tanto nerviosa y le pregunté qué pasaba. Lo que me contó fue bastante inquietante; se había enterado de que iban a tardar más tiempo del previsto en enterrar a Quique. En la autopsia habían determinado que no había muerto de sobredosis; es más, llevaba unas semanas desenganchado, con un trabajo cojonudo (que no pregunté cuál era) y parece ser que estaba saliendo con una estudiante de Bellas Artes. Tras 22 años de estar en el arroyo Quique había cumplido su condena por aquello que hiciera en sus anteriores reencarnaciones y entraba en el camino de la felicidad, camino que pudo andar muy poco. Como él me decía muchas veces las desgracias nunca vienen solas, y cada vez vienen a peor y en el momento más inoportuno. Quizá por eso mi padre murió al día siguiente de esa última conversación, tres días después de que mi novia me dejara tras cinco años, consintiendo sus infidelidades como un perro sumiso. Y quizá por eso Quique estaba ahora muerto. Me produjo una gran frustración saberlo e imaginar que la beethoveniana "finita est comaedia" que tenía pensado pronunciar al morir podría haberse tornado en un "quiero vivir"; y un estado leve de ansiedad cuando mi madre dijo con su cada vez más habitual forma telegráfica de hablar: «Estaba limpio, y no creen que haya muerto por las secuelas de lo que tomaba. Su abuela creyó que se había suicidado; ella estaba en la salita viendo la tele y oyó ruidos raros del baño. Quique estaba en la ducha para salir con la novia, entonces la abuela abrió la puerta y Quíque estaba blanco tirado con mucha sangre por el suelo, rodeado del vapor de la ducha. El forense dice que ha debido tener una hemorragia interna grande, pero no saben la causa ni dónde se produjo. Es como si hubiera vomitado sangre hasta morir. Como si se hubiera vaciado».
Vaciado. Como el cenicero. No, demasiado absurdo y rebuscado. Nadie seria tan audaz de planear una muerte que ni los médicos se podían explicar, anunciándola con doble tirabuzón y de remate en plan vengativo hacia mí, pobre pringado, por algo tan chorra como vaciar un cenicero de cáscaras de pipas. Pero la verdad es que al oír esa palabra sentí un ligero hormigueo de desagrado. Cuando colgué el teléfono miré el cenicero, lleno de nuevo por la bolsa que me zampé la noche del miércoles con repulsión; por culpa del puto mensaje y la coincidencia con la muerte de Quique iba a tener una nueva manía, superstición o como quiera llamarse. Estaba cansado del viaje y me apetecía una ducha, así que aprovechando que el turno de noche estaba libre llamé a la habitación de Frasquito y le pregunté si tenía previsto usar el cuarto de baño para poder darme una ducha larga y reparadora. "Tranqui, tómate tu tiempo, cuando salgas si eso te vienes y vemos Blade Runner, que acaba de empezar", me contestó. Le dije que me parecía buena idea y cogiendo los útiles de baño entré en el aseo y cerré la puerta dejando la llave en la cerradura para atrancar el cerrojo.

Por supuesto la sensación morbosa de saber si alguien había dejado un mensaje nuevo en el espejo fue superior a mí y no pude evitar abrir el grifo del lavabo y empañar el cristal. No tardó mucho en empañarse; y para mi tranquilidad, en empañarse del todo. Sin letras ni huellas de ningún tipo. La señora de la limpieza había hecho un buen trabajo ese sábado. Como una especie de acto de rebeldía llevé el dedo índice a la superficie plana y marqué un jovial "ME LA VAS A COMER A DOS PAPOS, CAPULLO". Las letras las tuve que hacer pequeñitas, pero se entendía a la perfección. Ya más relajado y centrando mis pensamientos en los viejos tiempos, cuando Quique aún vivía, me senté en el bidé a cortarme las uñas mientras el espejo se iba desempañando lentamente.
Entré en la ducha, puse el agua muy caliente y me senté en posición fetal recostado contra la pared, dejando que el agua resbalara por mi cuerpo. Perdí la noción del tiempo. Cuando salí el ruido de las gotas fue sustituido por la tele de Frasquito; Harrison Ford se estaba tirando el rollo ante Sean Young y sonaba la de "One more kiss". Me puse a silbar la melodía mientras me secaba y pasé al puñetero pero necesario deber de afeitarme; nunca he soportado llevar barba más de tres días seguidos y si no lo hacía en ese instante iba a pasarme todas las clases del lunes rascándome la cara. Eché un rápido vistazo al espejo antes de repetir el gesto de borrar el mensaje, agradeciendo que esta vez la letra fuera mía. Sin embargo no lo era. Era otra letra distinta. Es más, de lo que yo había escrito minutos antes no quedaba ni rastro. Me quedé mirando con la boca abierta y sentí como si de repente el mundo se hubiera parado. Tan sólo se movían las gotas de agua que caían de mi nariz y golpeaban con un sonido sordo la toalla en el suelo y suaves volutas de vapor que ascendían en expansión; hasta la canción se me quedó congelada en el cerebro. "One more kiss dear, one more sigh... sigh... sigh... sigh". Salté como un resorte y me giré en dirección a la puerta; el cerrojo, la llave; todo tal como lo había dejado. Las paredes, las esquinas, el retrete, el extractor de humo; cada cosa en su sitio. Sin ninguna abertura por donde alguien pudiera colarse con tal sigilo que no lo oyera. Revisé el espejo desencajando del marco, golpeé con el nudillo cada baldosa... y nada. No había truco. Pero lo más escalofriante y pasado de ácido era el nuevo mensaje: NO SE LO CUENTES A NADIE.

Hasta aquí la primera parte por eso del espacio y que resulte medianamente legible; en breve colgaré la segunda parte y así doy sensación de tensión e intriga (El tempo es el tempo) . Creo que me ha salido bastante curradete, aunque digno de un buen fajo de correcciones. Me interesan MUCHO críticas, opiniones, etc.

Vaho (2ª parte)

espejo.jpg-3° Mensaje

En esos momentos el decir a alguien o no lo que estaba pasando era secundario. Lo realmente preocupante era que no había explicación posible a ese fenómeno. Me senté en la taza del wáter y comencé a morderme las uñas mientras mi mente bullía de actividad. Se me ocurrieron ideas ridículas, tales como que la bromista era la señora de la limpieza que habría utilizado un novedoso producto químico en el cristal que convertía el espejo en una especie de telesketch, e inscribía las letras tumbada con un puntero láser desde la rendija inferior de la puerta. Lo que estaba claro es que nadie había entrado estando yo en la ducha y que en la escritura no había ni una sóla marca de lo que pudiera ser la huella de un dedo; ni tan siquiera de las mías, así que en cualquier caso el anónimo escritor se habría cubierto con una prenda o habría utilizado un objeto del grosor de la yema de un dedo para plasmar su siniestro grafiti. Me fui vistiendo mientras el mensaje desaparecía junto a la humedad. Sentía la imperiosa necesidad de ir al cuarto de Frasquito totalmente seguro de su inocencia y contarle lo sucedido para ver si a él también le había pasado. Aun sin terminar de atribuir a la prohibición del espejo la muerte de Quique, el prisma negativo con que lo veo todo imperó y decidí disculparme por no ver con él Blade Runner e irme a mi cuarto a pensar. No se lo contaría a nadie, al menos de momento. Incluso si respetaba la prohibición resultaba plausible que mi fantasmagórico y caprichoso comunicante se cansara de jugar. Me di un par de tortas para tranquilizarme y pasé a toda mecha por el cuarto de Frasquito para decirle que otra vez sería con una sonrisa forzada. Me miró raro un momento, me despidió y siguió viendo la peli que, entre la larga ducha, las pesquisas y las reflexiones estaba a punto de acabar. Cerré la puerta de mi habitación oyendo a mis espaldas a un fatuo Edward James Olmos que le decía a Harrison Ford: "Sabes que ella no puede vivir. Pero... ¿Quién vive?". Me entró el pánico al imaginar que si rompía la prohibición la siguiente víctima podría ser mi madre, o Raquel, mi ex. Aun con nuestras diferencias y soportándonos cada vez menos quería mucho a la vieja, y a pesar del dolor, de sus problemas y de su forma de ser siempre querré a Raquel; lo supe desde el momento en que la vi, hace ya tanto tiempo. Apoyé la espalda en la misma puerta y me llevé las manos a la cara llorando de tensión y rabia. ¿Y si Quique estaba muerto por mi culpa? ¿Las prohibiciones caducaban tras un plazo de tiempo o permanecían para siempre? ¿Y si aparecían más tan ridículas como la primera que las rompes sin darte cuenta o realmente imposibles de cumplir como que no respire? ¿Habría represalias si quebrantaba una antes de que me llegara el mensaje? ¿Cuál era el motivo y quién o qué querría joderme de esa manera, más aún de lo que ya estaba por mi misma mismidad? Entre mil y un disquisiciones acabó entrándome sueño y me quedé dormido más tranquilo, pareciéndome todo el asunto bastante ridículo y atribuyendo mis paranoias al golpe de la muerte de Quique, que si bien no había exteriorizado me hacía enlutecer por dentro.

Hay un proverbio chino que reza: "Si eres paciente en un momento de ira escaparás a cien días de tristeza". Dejando a un lado el que yo no soy de China y mis cien días apuntaran a cien años el proverbio era bien cierto. Todos cometemos errores, sobre todo en estados alterados de ánimo cuando no sabemos ni por dónde nos da el aire. Cometí el error de mi vida al humillar a Raquel en vez de ayudarla, y ahora que ya estaba destruido y me recluía para no hacer daño jamás a quien se me acercara volví a caer sin proponérmelo ese mismo sábado, tras una semana entera sin emitir ni una sóla palabra. Me pasé todo el viaje de vuelta a casa dormitando en el autobús y tomando la arriesgada decisión de hablar, aunque suene neurótico considerar un riesgo el decir "hola" a mi madre cuando abriera la puerta de casa. A fin de cuentas el mensaje decía simplemente que "no lo contara", y di por supuesto que lo que debía callarme era el misterioso caso del espejo cervantino. Estudié toda la madrugada del viernes y el sábado me desperté al mediodía con un bullicio al que hace mucho que no estaba acostumbrado; teníamos visita. Un matrimonio amigo de mis padres desde que se conocieron en unas vacaciones en Austria pasaba por la ciudad por un asunto familiar y nos venían a saludar. Ya se sabe cómo son estas visitas; ni los anfitriones ni los huéspedes pueden escabullirse del compromiso de quedarse a comer. Y se quedaron. Venían con su hijo, un chaval algo más joven que yo con el que me llevaba bastante bien, quizás porque sólo nos veíamos una vez cada dos años y nos apalancábamos delante de mi ordenador a jugar al Civilization acompañados de un buen surtido de cervezas. Como no podía ser de otra manera tras la comida los dos nos escabullimos a mi habitación. No tardamos en ponernos eufóricos entre la cerveza y el haber bombardeado Washington en la pantalla y decidimos que aprovecharíamos su estancia ese fin de semana en la ciudad para irnos de juerga por la noche. No bebí demasiado; llevaba meses sin probar el alcohol por culpa del cual tanto daño causara en su día. Aun cuando pensaba que dejándolo iba a mejorar mi equilibrio mental no resultó efectivo; no tenia el mono pero si unas depresiones contundentes al enfrentarme sobrio al pasado y a la realidad. Algo que la cerveza al menos camuflaba. Esa falta de costumbre a la espumosa herencia de la familia Guinnes me hizo caer con apenas dos pintas en un estado de acelerada verborrea. Lo conté todo menos lo del segundo mensaje por una cobarde reflexión de que si se lo contaba a él y el espejo cumplía su amenaza, seria él la próxima víctima; y por muy bien que me cayese era muy poco probable que nos volviéramos a ver. No era una persona querida, si aparecía desangrado en el baño lo haría como una persona anónima, no como un amigo de toda la vida. Es increíble lo egoísta y cabrón que puede llegar a ser uno sin saberlo. Sólo hay que dejar el timón de la nave al subconsciente y esperar no despertar jamás. Pero siempre despiertas, como yo al día siguiente cuando las visitas ya se habían ido, dándome cuenta entonces de que había estado jugando con la vida de un buen tío que no tenia la culpa de mis problemas, ni era participe de ellos. Casi, casi como con Raquel. Me hundí de nuevo en la culpa. Nunca me he considerado una persona fuerte, pero mirando hacia atrás vi que me engañaba a mi mismo y que antes podía mover el mundo con un solo dedo; de hecho lo hacia. Era el rey con trono y toda la parafernalia; pero al perder a mi reina rompí mi corona y se pudrió mi reino. Con todos esos planes, proyectos, ideas. Con esas ganas de vivir, de ser feliz, de hacer felices a otros, de querer a alguien, de ser querido. Me di cuenta demasiado tarde. El yo gigante del pasado se había ido desvaneciendo durante el último año en una sombra enana y asustadiza que ahora podía ser responsable, si bien no culpable directo, de la muerte de una persona. También de la de Quique, pero aún no estaba lo suficientemente paranoico como para dejarme vencer por el mensaje en el espejo y cargar con una losa tan grande por el mero hecho de vaciar un cenicero que un estúpido mensaje me dijo que no vaciara. De todos modos, con mi carácter maníacodepresivo, no pude evitar algún titubeo al respecto.
Volví a la residencia muerto de miedo, pensando que mi mente no podría soportar otra muerte, sobre todo si el fenómeno paranormal del espejo es ya de por si como para perder el juicio y creerse Napoleón. Emulando a las víctimas de toda película de terror cuando abren la puerta tras la que hasta el espectador más tonto sabe que se esconde el asesino con el hacha no pude evitar la tentación de entrar en el cuarto de baño sin dejar siquiera el petate. Abrí el grifo al máximo de temperatura y hasta me encaramé al lavabo para echar el aliento sobre el espejo a ver si al menos se veía alguna letra. Nada.
El cristal se empañó sin rastro de inscripción alguna. Suspiré aliviado y me fui a mi habitación a recuperar las horas de sueño, no sin antes llamar a mi madre para el informe de rigor sobre mi vuelta al colegio mayor y la confirmación por su parte de que la presumible víctima había llegado a casa junto con sus padres. Todo volvía a la normalidad. Ya no cabía duda de que era un montaje de un bromista con dotes de prestidigitador; nada de fenómenos fantasmales. Alguien había entrado en mi cuarto mientras yo estaba en clase y se había dado cuenta de que había menos cáscaras en el cenicero, provocando el "te lo advertí". Pero no había manera de que se enterara de mi conversación etílica; eso me llevó a pensar en que debería estar atento a la gente que rondaba cerca la próxima vez que hablase con alguien y remover un poco la ropa y objetos que llevase encima por si me colaban un micrófono oculto. Los tipos de audiovisuales son unos jodidos enfermos perfectamente capaces de montar una versión esquizofrénica de Gran Hermano alrededor de mi vida y presentarlo como proyecto de fin de carrera. El susto, sin embargo, seguía presente y pasé de ducharme tanto esa noche como al despertar a una nueva y tediosa semana, que día tras días volaba sin nuevos mensajes al salir de la ducha ni martes, ni miércoles... Y por si las moscas, el cenicero se quedó sin vaciar.

La mañana del jueves fue un tanto particular. Estaba resultando un Marzo muy frío y varios profesores habían pillado la gripe, de modo que toda la clase sucumbió a las cálidas y acogedoras tinieblas de las cafeterías circundantes al campus que eran auténticos "afters". No es extraño ver a profesores y alumnos desayunando platos combinados en un garito llamado La Baqueta, con dos televisores retransmitiendo la MTV a todo volumen, o fumando porros en los butacones del bar Maleaje; incluso viendo películas recién salidas en DVD en la pantalla gigante de La Gramola del Viejo Fausto (siempre me gustó el nombre de esa cafetería). Yo pasaba bastante de ver a gente feliz a mi alrededor y resolví seguir torturándome sentado en un banco del campus, jodido de frío, leyendo El lobo estepario de Hermman Hesse. Oí que alguien pronunciaba mi nombre; no levanté la mirada del libro sabiendo que era imposible que nadie quisiera nada de mí. Me equivoqué de nuevo. Una mano se apoyó en mi hombro. Era la buenorra de Iris, una antigua mejor amiga de mi ex; digo antigua porque ya no se hablan, nada que ver conmigo. Iris también estudia aquí aprovechando que sus tíos están forrados y tienen pisos en alquiler en muchas ciudades. Hace segundo de Medicina, así que nunca nos vemos. Es una tipa alta y espectacular que se echa a perder a propósito maqueándose en plan punk guarro. Raquel y yo teníamos la teoría de que se dejaba esas pintas extremas de víctima del punk para no tener una hilera de tíos babeantes en la chepa; ella lo niega, pero el que Sergio Dalma sea su cantante favorito la delata. Me preguntó qué tal estaba y yo le respondí que estaría mejor si mi madre hubiese abortado; un año sin comunicarse con alguien y sueltas las cosas con una sinceridad glacial, como si hablases contigo mismo. Es una tía con más huevos que el caballo de Espartero, al menos en la imagen que da al exterior, así que cuando ella se echó a reír y vio que yo no me inmutaba y bajaba la mirada de nuevo a la lectura apartó el libro y se me sentó encima apoyando sus brazos en mis hombros. «Ya sabes el morbo que me dan los tíos solitarios y tortuosos como tú, muñeco, así que mi oferta sigue en pie», me dijo recordándome una noche de Mayo del pasado año en la que había sucedido la discusión con Raquel que acabó con su amistad. Por aquel entonces yo estaba en plena etapa autodestructiva de depresiones, barriles de cerveza y constantes ataques a Raquel cada vez que me cruzaba con ella por la calle los fines de semana. Un proceso que duraría cinco meses y acabaría con mi ex odiándome y la ruina deforme que ahora soy como resultado. Esa noche pues, discutieron, e Iris y yo nos encontramos en un bar y nos enrollamos. Ella llevaba una típica borrachera post-ruptura bastante considerable y me ofreció acostarme con ella; aún con la sensación de que le estaba siendo infiel a la que ni tan siquiera era ya mi novia y la poca sensualidad de su aspecto estuve a punto de sucumbir al atractivo animal que se escondía bajo los imperdibles, los parches y la ropa sucia y rota. Pero ella iba demasiado colocada y me puso como motivo que quería probar en la cama al chorbo del cual Raquel le había contado maravillas durante cinco años, mientras que con los tíos con los que me era infiel se aburría a los cinco minutos. Esas palabras me enfriaron y la rechacé. Quique, quien casualmente salió esa noche conmigo por los viejos tiempos, estaba presente y con el radar captando la conversación; me pegó un puñetazo en el estómago más tarde. «¿Tu sabes lo buena que está esa tía si le quitas toda la chatarra? Te arrepentirás de no haberte liado con ella; hasta podríais haber salido al menos para olvidarte de Raquel de una puta vez». Yo no le devolví el golpe y guardé silencio; no me apetecía intentar explicarle que ya no podría estar con ninguna mujer con la que no pudiera tirarme diez horas seguidas hablando. En verano apareció una que cumplía los requisitos, pero yo ya estaba demasiado tocado del ala y fracasó antes de empezar; fue ese segundo fracaso el que me abrió los ojos y consiguió estabilizarme. Estable en el lado oscuro.

Volví del mundo de los recuerdos al banco de los jardines del campus; Iris me miraba inquisitiva, esperando una respuesta. «El año pasado hubiera podido hacerlo... quizás, -le contesté-, pero ya no puedo estar con nadie». Ella se quedó muy sorprendida y se apartó poniéndose en pie. «¡Eh, que no te he pedido salir!», me dijo. Le hablé de la monstruosa estructura de miedos y complejos que había ido formando durante el último año, a lo que sólo pudo comentar que iba a hacer falta un equipo de demolición a destajo para derribarlo. Sonreí pensando para mis adentros que lo mismo que hay cosas que no pueden arreglarse, hay cosas que no se pueden destruir. El sorprendido fui yo en esta ocasión con su siguiente pregunta; quería saber porqué estaba así. No me podía creer que Raquel no hubiera contado a la que era su mejor amiga lo que había pasado; cómo tras la enésima infidelidad me prometió sin yo pedírselo que esta vez sería la última y entonces yo respiré profundamente y decidí tomarle la palabra por una vez; la única vez. Después me juró por sus lágrimas amor eterno. Y un mes después la pillé en la puerta del cine en el que habíamos quedado morreándose con otro. Y estallé... Lo único que me guardé para que no sirviera como excusa fue un detalle que a Raquel seguramente se le pasaría desapercibido, o quizás en su versión de lo sucedido sí lo hiciera, pero igualmente que recuerdo todo lo malo que hice también sé sin duda alguna que nunca le dije que nadie podría quererla, pero sí que lo iba a tener jodido para encontrar a alguien que estuviera dispuesto a hacer por ella lo que yo (y lo sigo pensando), incluyendo algo que suena tan fácil como cambiar en todo lo que ella considerase oportuno; y sobre todo, ni en los momentos de mayor rencor, jamás la llamé "puta". Jamás.
Iris me miró con dureza y reflexionó sobre lo que le había contado de una manera que no pensé que ella pudiera hacer: «El problema es que hasta los más calzonazos tenéis un punto en el que reventáis como una olla al rojo. Vosotros sois precisamente los más chungos. En cuanto a ella... bueno,me he tirado un lustro soportando vuestra cursilería y empalago y creo que te pasaste tres pueblos. Verás; la he visto llamarte llorando a las dos de la mañana porque te notaba triste, cómo se te quedaba mirando embobada o con muy mala leche a tías que se te acercaban; hasta me habló de cómo serían vuestros hijos. Pero ya te puedes hacer una idea de que como consecuencia de tu reacción o se ha olvidado o siente repulsión por esos sentimientos que tuvo hacia ti; hasta es probable que las cosas buenas las haya transformado en malas o las atribuya a alguna otra persona». La muy pájara no me estaba resultando precisamente de ayuda, que por cierto no le había pedido, así que me levanté para irme. Di un paso para alejarme de mas recuerdos y de unos pensamientos de los que intentaba huir con la lectura y ella me detuvo cogiéndome el brazo. «Dime. ¿Qué crees que hubiera pasado sí hubiera sido ella la que te hubiera pillado a ti poniéndole los cuernos cuando llevabais un año y no había manera de consolarla cada vez que cogías el autobús para venir aquí? ¿Crees que su reacción no hubiera sido incluso mas autodestructiva que la tuya por mucho que ahora pudiera negarlo? ¿No crees que esa Raquel de antaño se pondría triste sí te viera en este estado? Ya sabes lo sensible que es.» Sí, desde luego que lo sé, ¿pero de qué sirve? No iba a cambiar nada. E imaginarme esa hipotética situación me retraía a ella sufriendo de nuevo por mí culpa. Iris me soltó el brazo y me encaminé sin despedirme al colegio mayor para al menos afeitarme y tener un lugar cerrado donde lamentarme en silencio.

«¿Sabes lo malo que tenemos los que no creemos en Dios?- oí a mis espaldas,- Que tampoco podemos acudir a un diablo al que vender nuestra alma por aquello que anhelamos».

Tiré el libro y la mochila sobre mí cama y cogí la toalla y el neceser mecánicamente y me encerré en el cuarto de baño. Abrí el grifo de agua caliente del lavabo y me senté en el retrete para morderme las uñas y dejar que el sonido del agua colándose por el desagüe me relajara; aún quedaba una hora para la hora de comer. Lo que ocurrió desde que levanté la cabeza del cálido refugio de mis manos fue como un mal chiste; "van dos y se cae el del medio". Así de rápido, e igual de desterníllante. Miré al espejo empañado y se leía un grandioso "TE LO ADVERTÍ", luego no recuerdo nada hasta una imagen borrosa de Frasquíto y el conserje tomándome el pulso y hablando de ambulancias. De lo que pasó después no recuerdo absolutamente nada, aunque sé que estuve consciente. No hay otra manera de explicar que mí mente se desbloqueara y volviera a la realidad en un cementerio, con el sonido de la tierra cayendo a paladas sobre el ataúd de mí madre como un despertador infernal. Una vecina que se quedaba a comer en casa la encontró muerta en el lavabo cuando fue a comprobar cómo es que tardaba tanto, que se iba a pasar la paella. Se había tragado la lengua. Justo a la misma hora en que yo soltaba la mía con Iris sobre mí ex.

En la tercera parte... el desenlace.


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